sábado, diciembre 14, 2019

 

El petróleo ha sido probablemente el activo más valioso de la historia económica reciente. Un activo estratégico, escaso y en el que la localización es un factor clave. Por ello, gestores públicos de todo el mundo han guardado como oro en paño esta materia prima. Un enorme valor que supuso la edad de oro para la OPEP durante el siglo XX. Éste organismo fue, probablemente, el centro neurálgico de poder durante el siglo pasado. Ahora, gracias al fracking y a pensar en un status quo concedido por obra de la naturaleza e inamovible, su pérdida de peso a nivel internacional es tal que apenas pueden cambiar las tendencias de precio del oro negro. Actualmente Estados Unidos es el principal productor de petróleo del mundo (18%), seguido de Rusia (11%). Dos países que aglutinan conjuntamente casi lo mismo que toda la OPEP (30%), dominada por Arabia Saudí.

Ha sido tal el cambio en el paradigma geopolítico mundial, que Arabia Saudí y Rusia están estableciendo alianzas para parar la hegemonía estadounidense. Un país, por cierto, que por primera vez en su historia ha logrado la tan ansiada autosuficiencia energética y ya está exportando petróleo. Toda un arma de control mundial que molesta en el exterior. La materia prima por excelencia, por lo tanto, maneja los hilos económico-sociales del mundo desarrollado y debería haber servido para que muchos de los países más pobres se subieran al carro de la prosperidad. Algo lejos de la realidad, donde países como Arabia Saudí, Venezuela o Argentina, con excelentes yacimientos petrolíferos, pueden dar fe de ello.

Aramco, la principal compañía de producción petrolera del mundo, lleva en manos del gobierno de Arabia Saudí desde 1980, tras un proceso de nacionalización a cámara lenta iniciado en 1973. Estamos ante una compañía con 1,2 billones de dólares sólo almacenados en la caja y unos beneficios en 2018 de 99.690 millones de euros, una cifra que supone la agregación de gigantes mundiales como Google y Apple.

El primer amago de salida a los mercados financieros internacionales se produjo ya en 2016, aunque en 2018 el príncipe Mohamed bin Salmán paralizó la operación al no estar de acuerdo con su valoración. Sus pretensiones fallidas fueron una capitalización de 2 billones de dólares. Ahora, la compañía será la mayor salida a bolsa de la historia, aunque con una cifra notablemente inferior: 1,5 billones de dólares. Todo un reflejo de la realidad del petróleo en nuestro tiempo. El precio del barril de WTI en abril de 2014 era de 110,42 dólares y ahora está en los 54 dólares. El desplome del barril Brent, por su parte, también ha sido notable. Entre junio de 2014 y enero de 2016 la pérdida de valor fue de casi el 75%. Evidentemente, desde este suelo solamente podía subir, y desde los 29 dólares ahora está rondando los 60. Una tendencia al alza que no podemos considerar como consolidada, a la luz de la evolución en rojo desde el tercer trimestre de 2018.

Existen tres factores que presionan a la baja el precio del petróleo en el análisis por fundamentales:

En primer lugar, la economía mundial se adentra, en el mejor de los escenarios, hacia un período de estancamiento económico prolongado. Lo que hace poco más de un año era una tendencia de “crecimiento sincronizado”, en realidad, era un doping monetario (y en algunos países fiscal) que desincentivó las reformas necesarias para continuar creciendo. Ahora, tanto la política fiscal como monetaria entran en su fase de rendimientos decrecientes y se agotan las balas. La deuda mundial asciende a 250 trillones de dólares, triplica el PIB, y si incluimos derivados y pasivos financieros sin contrapartida estamos hablando de un multiplicador de 25 veces la riqueza mundial.

En segundo lugar, las nuevas tecnologías y los cambios en el mix energético también influyen a la baja. Este negocio está más que explotado. Los países más dependientes del petróleo cada vez se ven menos impactados por su evolución. Hace no muchos años, una subida brusca de los precios del petróleo era sinónimo de recesión en países como el nuestro; ahora, es necesario que supere la barrera de los 100 dólares para que nos empecemos a preocupar.

Y, por último, los patrones de consumo. La población en los países desarrollados envejece. Y, con los cambios de edad, se producen cambios en los patrones de consumo que presionan a la baja el PIB mundial y, por lo tanto, la demanda de petróleo. Es cierto que está emergiendo una enorme clase media en los países en vías de desarrollo, especialmente en algunos de Europa del Este, pero no son tan intensivos en petróleo como lo éramos nosotros, pongamos, a principios de este siglo.

En definitiva, tal y como afirman Daniel Lacalle y Diego Parrilla en su libro “La madre de todas las batallas”: el último barril de petróleo no valdrá millones de dólares. Valdrá 0.

Con esta perspectiva, ¿cuáles son las perspectivas de la salida a bolsa de Aramco?

Elementos a favor: escala y cuenta de resultados

Se trata de una empresa con elevadas capacidades de generación de caja, como ya hemos comentado, y que cuenta con el apoyo del gobierno de Arabia Saudí para garantizar el retorno a los inversores.

Por una parte, ha prometido 75.000 millones de dólares en dividendos mínimos anuales hasta 2024. Si la caída del precio del crudo le obliga a pagar menos, el gobierno está dispuesto a sacrificar su porcentaje del dividendo.  Estamos hablando de una salida de caja de unos 2.300 millones para una empresa que generó 86.000 millones en 2018.

Por otra, la preferencia por inversores minoristas nacionales (recibirán 1 acción extra por cada 10 que mantengan durante medio año), podría ser un incentivo para gestionar mejor Aramco. El régimen y la acción de la empresa estarán íntimamente ligados.

 

En contra: falta de control y perspectivas en el medio plazo

Dos airbags, los anteriores, que pretenden dar credibilidad a una operación con problemas de demanda. En 2016 la caída de los precios del petróleo significó que Aramco sólo fue capaz de generar 1.600 millones de caja.

Además, todo parece indicar que Aramco venderá una participación minoritaria, que oscilará entre los 15.000 y los 45.000 millones de dólares. Es decir, un 3%, a lo sumo, del capital de la compañía. Una participación, además, en una entidad estatal con retos estructurales e inversores internacionales que suelen esperar voz y voto en las empresas que poseen.

Dicho de otra manera, el inversor de Aramco será vulnerable a posibles colapsos del precio del petróleo o ante una evolución a la baja. Por eso, y por razones de responsabilidad corporativa, hay unas 1.000 instituciones que gestionan 8 billones de dólares y que se han comprometido a desinventir en el sector, según 350.org.

Adicionalmente, inversores están alertando de un descenso del 18% en el beneficio neto hasta los 68.000 millones de dólares hasta septiembre. La salida a bolsa parece un intento a la desesperada de conseguir fondos adicionales por parte del gobierno de Arabia Saudí. Uday Patnaik, jefe de deuda de mercados emergentes del administrador de activos con sede en el Reino Unido Legal & General Investment Management Ltd., dijo que si Arabia Saudí alguna vez necesitara fondos adicionales, podría verse tentado a recurrir a Aramco. “¿Adivina a dónde vas si necesitas dinero de impuestos? Va a tus “cuasisoberanos», dijo Patnaik, y agregó que esa medida no sería inusual en una economía de mercado emergente.

Un dividendo de 75.000 millones de dólares con una valoración como la propuesta, supondría una rentabilidad del 5%, otra señal de debilidad y asunción de riesgo, a la luz de muchos otros analistas.

Una inversión, en definitiva, cuanto menos . Y, en cualquier caso, no parece que a largo plazo.

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