lunes, noviembre 12, 2018

He de aceptar que nunca he sido un niño miedoso. He pasado mis noches mejores y peores, pero nunca he tenido ese mito infantil impulsado por el miedo que paraliza y aterra a tantos y tantos niños. Sin embargo, alguien alguna vez me contó que de niño tenía miedo de un gato gigante que le llenaba de pesadillas las noches. En uno de esos largos y oscuros horrores, su padre, harto de la tontería del niño, agarró una escoba y buscó, armario por armario, rinción por rincón, al famoso gato. “Como lo pille, te aseguro que no te vuelve a molestar”, decía, severamente. Evidentemente, no hubo tal gato. El niño, nunca volvió a tener miedo de ese gato gigante.

No, esta web no se ha convertido en un lugar de cuentos y fábulas infantiles. Con esta historia pretendo ilustrar la fuerza (y muchas veces absurdez) que subyace a muchos miedos, y elevarlo al componente social. Desde hace ya unos cuantos meses, responsables políticos, medios de comunicación y demás personajes públicos han atemorizado a la población con una situación de deflación (disminución continuada del nivel general de precios). De hecho, debido a este malvado monstruo el BCE ha tomado una decisión sin precedentes: el QE (comentado en este post anterior, con efectos sobre los tipos de interés, también comentado aquí). No voy a negar que se ha producido un descenso de los precios, especialmente en España, y que la situación requiere de un seguimiento más de cerca, no obstante, una vez más, en una ciencia tan social como la economía no hay verdades absolutas, y la estigmatización de la ciencia económica lleva a errores.

Y, ¿por qué digo esto? Es cierto que la deflación tiene riesgos severos. No se puede mirar hacia otro lado ante la posibilidad de que los agentes pospongan sus decisiones de consumo e inversión ante la expectativa de menores precios en la economía; una situación así deprime el consumo interno, genera más deflación y, en definitiva, una espiral recesiva. No obstante, la situación actual deja a la luz diferencias muy significativas. Para empezar, en países como España, se ha producido una destrucción continuada del poder adquisitivo de los agentes económicos, vía ingresos monetarios (menores salarios y menores niveles de trabajo) y financieros (menor valor de las inversiones). Además, los impuestos han aumentado considerablemente, especialmente a las clases medias, lo cual impacta en forma de disminución directa de la renta disponible de familias y empresas.

Por lo tanto, una bajada de precios provocada por el crash producido en el mercado de petróleo y derivados, no provoca necesariamente los tan temidos efectos nocivos. Veamos qué ha ocurrido en los últimos datos publicados por INE:

Fuente: INE

Fuente: INE

Los sectores más deflacionarios son la vivienda (un mercado marcado por la burbuja que continúa ajustándose), los transportes (intensivos en el uso de combustibles, muy dependientes del petróleo) y bienes no duraderos. Sin embargo, los bienes duraderos (incluídos en la partida “otros bienes y servicios”) son uno de los sectores más inflacionarios de la economía, y los bienes de primera necesidad continúan con una senda sostenible, acorde a las exigencias de los estándares monetarios manejados en la zona euro.

Ante estos datos, no veo ninguna noticia, ni ninguna familia que se queje porque no le han subido el precio de sus comunicaciones (por poner un ejemplo), y sí que veo corrientes que ilustran la necesidad de reducir la factura de bienes de primera necesidad en hogares españoles (léase, luz y gas). ¿Es este el tan temido hombre del saco que nos venden y que justifica la impresión y gasto de miles de millones de euros?

Porque, queridos lectores, que nadie se lleve a engaño. La impresión de todo ese dinero solamente lleva a la devaluación del flujo monetario existente en la economía, a través de insuflar aire fresco a los precios. Mientras no haya un aumento de salarios (que, evidentemente, no está siendo el caso), el empobrecimiento es la consecuencia natural de todo este desbarajuste que estamos creando en los mercados financieros. Que nadie se engañe, el crédito solamente fluirá cuando haya una demanda efectiva solvente, y la depreciación de la moneda solamente será efectiva cuando acabe la guerra de divisas que ya se ha comenzado.

Sin embargo, ante la situación descrita, es mucho más sencillo (y rentable en términos de votos) aterrar a la población con un gato que no existe en ningún rincón de la casa, y adoptar medidas con un impacto conocido: burbujas financieras, ausencia de estímulos para reformas estructurales, y un mayor poder a gente que se ve desbordada del mismo y tiene claros incentivos para la corrupción. Y, quien no me crea, que vea el caso de USA (explicado magistralmente, por cierto, por Daniel Lacalle en este artículo de El Confidencial). Adoptar una decisión que mucha gente ni tan si quiera entiende, que además afecta a una población atemorizada es mucho más fácil que devolver la libertad al ciudadano para tomar sus propias decisiones en un libre mercado, y eliminar todo el sistema de derechos creados de la nada, dinero percibido como gratis y demás invenciones que solamente hacen la bola más grande.

La escoba, la búsqueda del gato, y la pérdida de miedos, nos la impondrá la evolución económica de los próximos años. Podemos retrasarlo, aunque no evitarlo.

Hasta pronto!

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