miércoles, noviembre 21, 2018

Los datos de paro del mes de agosto son realmente preocupantes. Los 25.000 empleos cada hora destruidos el día 31 de agosto son síntomas de unas perspectivas nefastas para el último tramo de año. No ha sido sólo el sector turístico. En todos los sectores productivos excepto la agricultura ha crecido el paro registrado. La contratación ha caído un 23% intermensual. El peso de los contratos indefinidos sobre el total registrado en el mes de marzo no se veía desde el año 2009. En agosto, la conversión de contratos temporales a fijos cayó un 5% intermensual.

Podríamos considerar estas cifras -como tantas otras -un simple desliz. Un dato atípico que se corregirá en septiembre. Puede ser. De hecho, ojalá que sea. Sin embargo, personalmente creo que estamos ante una nueva tendencia bajista como consecuencia de la desaceleración económica.

Como ya he explicado en este blog (lean) existen ligeras señales de desaceleración en nuestra economía desde hace unos meses. Al descenso del PMI manufacturero y del consumo de electricidad hay que añadirles un sector exterior penalizado por la ralentización europea y un mercado de trabajo que presenta serias dudas.

Vayamos por partes:

Por una parte, las exportaciones de bienes acumuladas hasta junio de 2018 han crecido un 2,9% interanual. 7,1 puntos porcentuales menos que durante el mismo período de 2017. El sector exterior español viene de crecer a doble dígito, y ahora está en niveles del 2-3%. Europa representa más del 50% de nuestras exportaciones. Ha sido el principal motor de nuestro sector exportador durante los últimos año y, sin embargo, durante el primer semestre del año su presencia prácticamente desaparece.
En junio de 2018 las exportaciones a la zona euro han crecido un 0,9% interanual, frente al 6,7% del mismo mes de 2017. Si analizamos el mismo indicador acumulado para los seis primeros meses del año, la desaceleración es evidente: 3% de crecimiento acumulado hasta junio de 2018 frente al 10,1% del mismo período del 2017.

Por otra parte, un mercado de trabajo sólido, sencillamente, es imprescindible.

Cada parado nos cuesta unos 7.700€ en prestaciones por desempleo, según la AEAT. Si a esto le sumamos el impacto por menores ingresos en IRPF y en cotizaciones a la Seguridad Social, cada punto porcentual adicional en la tasa de paro supone para las arcas públicas 2.500 millones. Volver a un escenario de 5 millones de parados, como el de 2011 tiene un impacto de unos 23.000 millones.

Cuando cualquier economista le hable de estabilizadores automáticos tiene que pensar en variables como ésta. SI la economía empeora, sube el paro y los gastos por desempleo, mientras caen las cotizaciones sociales, ingresos por IRPF, etc. Cuando mejora, ocurre lo contrario.

En economía, los tiros al aire tienen coste. Especialmente, cuando lo que se pretende es avanzar hacia un intervencionismo salvaje. Cada vez que un político habla de subir impuestos a los ricos o de incrementos desmesurados de gasto, el desempleo sube. La razón es muy sencilla: si el empleador prevé que va a tener que pagar más impuestos, prefiere afrontar un despido que una situación de insolvencia.

La central de balances del Banco de España da un margen neto sobre la cifra de negocios de las empresas inferior al 20%. Si tenemos en cuenta que casi el 50% de su resultado operativo se va en impuestos, estamos hablando de un margen del 10% para ajustar vaivenes como la subida de impuestos.

La mayor parte de los impuestos que podría subir el gobierno afectan a empresas. Desde el impuesto a las tecnológicas (lean) hasta el impuesto al diésel, pasando por el incremento de las cotizaciones sociales o el impuesto a la banca (lean). Incluso, los impuestos a las rentas altas. Varios estudios lo afirman. Incrementar la presión fiscal sobre las rentas altas provocará un descenso en la recaudación pública de hasta 2.500 millones. Como el presupuesto de gastos se apruebaex-ante y sobre la base de unos ingresos que no se cumplen, la diferencia la pagamos todos.

Las empresas tienen dos vías para afrontar la subida de impuestos: con recursos financieros, o echando a gente. Con un 10% de flujo de caja destinado a pagar dividendo y deuda, es fácil saber de dónde van a tirar más.

Estamos en un punto clave en el que tenemos que elegir si avanzar hacia una nueva crisis o sortear el bache. Estamos eligiendo lo primero. Obviamos la realidad de otros países que están en una situación similar.

Estados Unidos, con la llegada de Trump, daba síntomas claros de fin de ciclo. Síntomas que están mas que superados. La economía estadounidense crece al 4,2% y el paro está por debajo del 4%.

Francia también ha detectado la desaceleración económica y ha cogido el otro por los cuernos. En la presentación de sus presupuestos para 2019, ha rebajado las estimaciones de crecimiento para el país en 0,2 puntos porcentuales y ha asegurado el cumplimiento del déficit del 2,3%. Para ello, ha planteado una reducción del gasto que incluye:

  • Supresión de 4.500 funcionarios públicos. Se han puesto un objetivo de 50.000 puestos en la función pública en 2022.
  • Reducción de política de vivienda, subvenciones y demás políticas sin eficacia probada
  • Incremento del 0,3% de las pensiones, ayuda a la familia y ayuda a la vivienda. Asimismo, ha afirmado que pretende retrasar la edad de jubilación y desligar las pensiones del IPC.

Alemania, por su parte, ha manifestado su intención de cumplir el tratado de Maastricht -60% sobre el PIB de deuda -para el año que viene, que será el cuarto año de superávit.

En definitiva, ahí fuera están tratando de evitar el invierno. Nosotros vamos por el camino opuesto.

Debemos aprender de las recetas de política económica que están funcionando:

  1. Descenso del gasto público, especialmente del gasto corriente. Eliminación de duplicidades, simplificación y orientación a la efectividad
  2. Atracción de inversión y dinamización del sector privado. A través de regulaciones menos burocráticas y un estado que no tenga un efecto crowding out sobre la iniciativa privada.
  3. Modelos de flexibilidad en el mercado de trabajo
  4. Sector financiero sólido y capaz de asumir un incremento súbito de las tensiones financieras. Es decir, sin elevada exposición a la deuda pública y con una cartera de activos diversificada.

El tejado se arregla con el buen tiempo. Aún no sabemos si los nubarrones a lo lejos son tormenta, tsunami o solamente una panorámica. Lo que sí que está claro es que tenemos retos por delante que no podremos cumplir si seguimos así.

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