lunes, diciembre 10, 2018

Un buen amigo y seguidor del blog me lanzó este tema como propuesta de post. La respuesta, tal y como está formulada la pregunta, es sencilla: no existe. Más del 80% del dinero que circula a nivel mundial es producto del efecto multiplicador bancario que, vía crédito, es capaz de amasar dinero a cuenta de los recursos generados en el futuro.

O, dicho de otra manera, más del 80% de los recursos a nivel mundial no están soportados por ningún activo físico que ejerza de refugio. La única manera de acabar con este desequilibrio, como ya expliqué en este post, es una vuelta al patrón oro, cuyas consecuencias son prácticamente impredecibles.

No obstante, indagando un poco más acerca de la verdadera inquietud que llevó a mi amigo a escribirme, descubrimos lo siguiente: La suma de todos los déficits del mundo asciende a -2.116.571 Millones de €. Aquí podéis echar un vistazo al listado detallado. ¿Qué implica este desequilibrio? Sin duda, es igual o incluso más preocupante que el dinero fiducario. Y, por otra parte, ¿está dispuesto el mundo a financiar unas cantidades tan abultadas de déficit? ¿Se secará la vaca lechera?

Desafortunadamente, no existe una base de datos lo suficientemente completa y fiable como para analizar las cuentas públicas de todos los países del mundo con cierto rigor. Sin embargo, la OCDE sí que ofrece datos que pueden considerarse significativos y extrapolables al conjunto del planeta:

Fuente: OCDE

Fuente: OCDE

Fuente: OCDE

Fuente: OCDE

Los gráficos anteriores son las dos caras de la misma moneda. La deuda es, sencillamente, las necesidades de financiación que implica el déficit. Ambos muestran una evolución claramente cíclica: un déficit bajo control durante los años de bonanza, y en 2008 la debacle financiera. Parece que en los últimos años el déficit vuelve a controlarse, aunque sigue situándose en terreno negativo, lo cual con una deuda del 73,9% es ciertamente preocupante.

Por si acaso alguien tenía alguna duda, España ocupa el puesto número 6 en términos de incremento de la deuda en el período analizado, con países modelo como Grecia o Portugal por delante. En el otro extremo (reducción de deuda), están los estandartes nórdicos, que han acometido un proceso de liberalización y flexibilización económica sin precedentes en la historia económica contemporánea.

Además, este proceso de endeudamiento y despilfarro público se ha hecho en un entorno de mayor presión sobre los agentes privados:

Fuente: OCDE

Fuente: OCDE

La forma más progresiva (y, por tanto, justa) de acometer el ajuste es vía impuestos directos, ya que en la mayoría de países están formulados en función de la renta percibida. Siendo como ha sido un período de políticas sociales que amparen al ciudadano más necesitado, cabría esperar un peso cada vez mayor de este tipo de impuestos sobre el total de recursos con los que cuenta el Estado. Desgraciadamente, no ha sido así, recayendo toda la voracidad recaudatoria sobre los impuestos indirectos (IVA, básicamente) y sobre los impuestos a la producción e importación. O, lo que es lo mismo, menor renta disponible para los hogares con menores recursos, y menor empleo por la necesidad de pagar más impuestos por parte de las empresas.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos OCDE

Fuente: Elaboración propia a partir de datos OCDE

Brillante política social, sin duda. Más paro y más impuestos sin elasticidad a la renta (indiscriminados). Y, por si esto fuera poco, aún queda la segunda derivada de la asunción de deuda: el pago de intereses. En países como el nuestro hemos visto cómo el pago de intereses se ha multiplicado 2,2x en los últimos diez años, en términos de PIB, con un pico de 2,9x en 2014. Esto dificulta el ajuste vía presupuesto nacional, y complica incluso más la existencia a la población más desfavorecida, que son (o deberían ser) los principales receptores de los recursos destinados a política social.

Fondos de inversión, bancos comerciales, fondos de pensiones y aseguradoras son los principales tenedores de deuda en los países. ¿Están dispuestos a seguir financiando a los Estados? Hasta hace solamente un año, la respuesta parecía rotundamente afirmativa. Los déficit se suceden año tras año, y los bonos del Estado (especialmente los emitidos por países desarrollados) eran considerados como un activo sin riesgo. Sin embargo, en la actualidad más del 50% de la deuda de la Eurozona tiene tipos de interés negativo. Ya hemos explicado aquí, aquí, aquí y aquí los desequilibrios que la expansión monetaria (QE) está generando, tanto en Europa como a nivel mundial. Recordemos que la FED (2009) y el Banco de Japón (2013) fueron las primeras entidades supranacionales en aplicar políticas de expansión cuantitativa, seguidos por el BCE (2015) y el Banco de Inglaterra (2016). Durante estos años, la asunción de deuda ha sido un mecanismo de financiación de gastos corrientes y eso es como un cáncer que se instaura en el sistema y que es complicado de extirpar. Precisamente la marcha atrás de la FED y del Banco de Japón está más soportada por una percepción de riesgo en los bonos nacionales que por la evolución macroeconómica de ambos países (burbuja).

Cabe plantear dos escenarios ante la situación actual:

El primero es un impago generalizado de deuda soberana. No se trata de nada nuevo en la economía. Entre 1929 y 1950, entre el 40 y el 50% de los países estaban en situación de impago. En 1988/1990, este porcentaje también ascendió hasta niveles del 35/40%. En España sabemos lo que es hacer un impago desde el siglo XVI. Como país independiente, España ha hecho impago 13 veces (líderes mundiales), mientras que potencias europeas como Alemania o Francia lo han tenido que llevar a cabo en 8 ocasiones.

Sin embargo, lo más probable que ocurra en los próximos años es un impago vía inflación. Precisamente derivado de la normalización de políticas monetarias extraordinarias, la economía mundial podría entrar en un proceso de estanflación (estancamiento con inflación) que favorecería a los emisores de deuda frente a sus tenedores. La lógica es clara: si los precios suben, la deuda emitida pierde valor y, sin embargo, no aumenta su rentabilidad (tipo de interés) por la situación de estancamiento económico. De esa forma, a través del impuesto de los pobres, los países irán desapalancándose poco a poco hasta volver a niveles sostenibles de deuda. Este mecanismo para desapalancarse tampoco es nuevo. Tanto en Europa como Asia o América han sido muchos los años en los que la inflación excedió el 20, e incluso el 40%.

En cualquiera de los dos casos, la rentabilidad del bono subirá, su precio bajará y volveremos a una situación en la que el bono soberano tenga atractivo desde un punto de vista financiero. Mientras, la clase media-alta y las compañías financieras se benefician de la asunción desproporcionada de deuda vía pago de intereses, mientras (una vez más), los que menos capacidad de ahorro tienen nunca acudirán a un producto financiero, y verá cómo su plan de pensiones mengua la rentabilidad. ¡Muy social!

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