viernes, septiembre 21, 2018

 

 

El Brexit es un proceso imparable. El último acuerdo alcanzado, por el cual la salida efectiva del Reino Unido no se producirá hasta 2021, es un logro muy relevante para minimizar el impacto, pero ratifica la intención de ambas partes de consumar el movimiento, lo cual supondrá un nuevo orden geopolítico mundial.

La economía no es un juego de suma cero. En un proceso como el Brexit no hay un ganador ni un perdedor. Ambas partes salen desfavorecidas. Sólo queda, por lo tanto, encontrar la manera de dar la vuelta a la situación y encontrar la oportunidad para la Eurozona.

LLos gestores políticos de ambas partes se lanzan mensajes cruzados en los medios de comunicación; las negociaciones avanzan lentas, donde la frontera irlandesa continúa siendo un punto sensible a decidir en los próximos hitos; la economía se resiente a ambos lados del Canal de La Mancha; y las estimaciones de impacto se multiplican, acercándose a lo que va a ocurrir realmente.

Esta -extremadamente -compleja realidad se puede afrontar de dos formas: preparándose para el invierno, o recurriendo a la política del avestruz, esto es, esconder la cabeza debajo de la tierra, esperando que pase el temporal. No es difícil averiguar cuál está adoptando cada una de las partes.

Reino Unido avanza en la solidez fiscal, la reducción del déficit, la búsqueda de acuerdos comerciales que mantengan la senda de reducción del déficit comercial que mantiene con el resto del mundo, y un endurecimiento de la política monetaria. Esta estrategia les permite contar con varias herramientas a la hora de afrontar un posible shock económico en los próximos años.

Shock que, por otra parte, saben que está por venir. La oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OBR, por sus siglas en inglés) ya ha alertado de que hasta 2023 Reino Unido tendrá que afrontar el mismo nivel de gasto público que si siguiera perteneciendo a la UE, pero sin contar con los beneficios del mercado único. En total, Reino Unido tendrá que desembolsar 37,1 billones de libras hasta el año 2064. La deuda pública, teniendo en cuenta el impacto indirecto del Brexit -no libre circulación de personas, menor productividad, ralentización económica, presión al alza de la inflación, etc. -podría verse incrementada en 15 billones de libras al año.

No es de extrañar la reducción de 20 billones de libras en términos de deuda pública para el año 2017, ni el clamor de una parte importante del Parlamento inglés por seguir reduciendo el ratio de deuda pública sobre PIB, que actualmente está en el 85,4%.

Mientras, una parte muy relevante de la Unión Europea sigue apostando por un modelo de mayor gasto, con el 73% dedicado a políticas de éxito tan probado –entiéndase el tono sarcástico –como la PAC o la cohesión regional. Incluso, van un paso más allá: mutualización de deuda, unión bancaria y presupuesto común. Todas ellas se pueden resumir bajo una sola frase: subvencionar las malas prácticas de los países derrochadores, que verían cómo sus desequilibrios se diluyen en macroagregados europeos que, en un período de tiempo no muy elevado, volverán a estar desequilibrados.

¿Quién es el principal impulsor de este modelo? Francia, como no podría ser de otra manera. Un país que ha pasado de tener un superávit comercial de 22 billones de Euros a un déficit de 43 billones bajo un modelo económico basado en déficit estructural durante los últimos 20 años, llevándole a acumular deuda pública por un valor superior al 130% del PIB.

Afortunadamente, cada vez es mayor la facción que apuesta por la Europa que recoge el Tratado de Maastricht. Holanda, Irlanda, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania rechazan este modelo y apuestan por la reducción de desequilibrios nacionales antes de avanzar en la Unión Europea. Su postura es algo tan lógico como hacer los deberes en casa antes de esperar a dar el cambiazo a algún cerebrito de la clase.

Los costes del Brexit para la Eurozona también son conocidos. Deutsche Bank ha publicado un informe que cifra en 10 billones anuales la aportación al presupuesto europeo con la que dejaremos de contar cuando Gran Bretaña abandone la Unión. Perder al segundo contribuyente neto al presupuesto durante el período 2014-2020 es un mazazo que debemos abordar como la oportunidad de reconvertir la Unión Europea en una zona económica próspera, capaz de hacer frente al gigante estadounidense. ¿Cómo? Reduciendo el presupuesto comunitario y orientándolo a la construcción de facilitadores que devuelvan la economía europea a ciudadanos y empresas. Esto es: menos burocracia, menos impuestos, mayor facilidad para crear empresas, flexibilidad en los mercados de trabajo y libre comercio internacional.

Si, por el contrario, seguimos la senda marcada por Francia de mayor gasto y mutualización de riesgos y desequilibrios, estaremos dando alas a los populismos -recuerden las elecciones italianas -y el abandono de la Unión Europea por parte de un Estado Miembro dejará de ser algo extraordinario. Los presupuestos nacionales de Alemania, Francia, Italia y España serán los más impactados por el Brexit, con unas aportaciones netas superiores que oscilarán, conjuntamente, entre los 7 y los 10,7 billones de Euros al año, en función de las necesidades adicionales de gasto que defina el Comité correspondiente.

Es el momento de decidir a quién queremos parecernos. No lo desaprovechemos. La supervivencia de la Unión Europea va en ello.

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