miércoles, julio 18, 2018

Espero que el señor José Luis Rodríguez Zapatero no me pida derechos de autor por el título de este post. Sencillamente, me parece cuanto menos curioso el paralelismo entre la situación que vive actualmente Grecia y la que vivió el ex-presidente socialista en Mayo de 2010. Se enfrenta a una delicada decisión que recaerá sobre sus espaldas, probablemente, durante el resto de sus días. Puede ceder a sus ideales (y a un programa electoral que le dio prácticamente la mayoría absoluta) y presentar un plan de reformas que desbloquee los 7.400M€ que la UE tiene preparados para el país heleno, o puede continuar jugando al gato y al ratón hasta que los fondos públicos se acaben y tenga que buscar soluciones alternativas para hacer frente, al menos, las necesidades sociales más elementales del país.

No es una decisión fácil. Hace una semana tuve el placer de oír a Varoufakis, el Ministro de Economía griego, hablar de la cantidad de deficiencias estructurales que tiene la UE (que las tiene, es cierto), pero en ningún momento se refirió ni a soluciones reales al problema griego, ni a la forma en la que va a lograr los fondos que necesita. Por el momento, está logrando arañar unos cientos de millones de Euros, gracias a préstamos obligatorios de corporaciones públicas locales, con los que parece difícil que pueda hacer frente, para empezar a los 1.000M€ que debe de pagar al FMI y a los 1.400 de Europa en Mayo. Para ser más concreto, la información pública que se maneja parece indicar que los fondos griegos llegan hasta Junio. A partir de ahí, incertidumbre.

Y digo “parece indicar” porque si hay algo por lo que se han caracterizado los Gobiernos helenos desde que esta situación estalló ha sido su falta de transparencia. Con patadas hacia delante y modificaciones etimológicas no se solucionan problemas tan graves como los que tienen los ciudadanos griegos. El horizonte que se abre a corto y medio plazo no parece especialmente halagador: En el tercer trimestre de este año, si esto sigue así, el Gobierno griego ya no tendrá que decidir si pagar a los acreedores internacionales o a agentes locales dependientes del sector público (pensionistas, personal sanitario y educativo, funcionarios, etc.); si no que habrá una tercera variable en discordia que son las entidades locales con problemas de liquidez. O, dicho de otra forma, más incertidumbre. Luego, con culpar a un agente externo (léase, Troika), es suficiente. Eso sí, admiro la capacidad de los dirigentes griegos para ponerse una y otra vez ante sus socios (y prestamistas) internacionales para dar lecciones de economía mientras ellos son incapaces de arreglar la suya. Porque, amigos, no nos engañemos, un problema de deuda tan brutal como el que tiene Grecia nunca podrá arreglarse gastando más. Nunca.

Es cierto que las medidas de austeridad son una medicina dolorosa para la población, especialmente aquella que espera que papá Estado solucione todos los problemas, pague todas las facturas (mías y ajenas), y en el camino nadie quiera aprovecharse más de la cuenta de un exceso de poder. Sin embargo, se ha mostrado eficaz. Ahí está la Gran Bretaña de Margaret Thatcher, o, más actualmente, Alemania. Hace 10 años tenía un peso similar a Francia en Europa; ahora, creo que sobran las comparaciones. Sin embargo, no hace falta irse tan atrás en el tiempo para ver más ejemplos: Irlanda, un país que recordemos también fue rescatado, va a ser el país que más crece de toda Europa en 2015; incluso, la propia Grecia ya contaba con previsiones de crecimiento para 2015 y 2016 (+1,4% y +2,7% Yoy, respectivamente).

En una Europa con una apuesta clara (al menos para el caso griego), creo que la estrategia de Tspiras y su Gobierno es hacer tiempo para armar mejor su plan de salida del Euro. De hecho, creo que es lo que llevan persiguiendo desde su presentación a las elecciones. Ya se especula con la creación de una moneda paralela (vuelta al Dracma), con la que se va a pagar (en forma de pagaré, no olvidemos) a funcionarios y demás población dentro de muy poco tiempo. La población griega tendrá en sus manos una moneda que solamente será válida para compras dentro del país (en caso de haber tipo de cambio la moneda estará tan depreciada que los agentes griegos se verán automáticamente empobrecidos), se generará un mercado negro de cambio de Dracmas por Euros, y, dado el empobrecimiento monetario de los agentes económicos, surgirán brotes de economía de trueque. Esos son los efectos de un Gobierno irresponsable; no los estoy inventando, solamente hay que saber qué ha ocurrido en países como Argentina/Venezuela en épocas muy recientes. Finalmente, la fuga de capitales tendrá que saldarse con un corralito y la escasez de productos llevará a una situación de inflación galopante. Esto, en economía, se llama estanflación.

Y en Europa, qué? Es cierto que los medios de comunicación venden que las Autoridades han sido capaces de generar cortafuegos que, aunque no están siendo usados, serán suficientes para frenar cualquier efecto contagio. Sin embargo, yo no soy tan optimista. Las bajas primas de riesgo, los bonos al 0% y las bolsas en máximos son efectos de un QE brutal, en el cual solamente las expectativas están haciendo efecto morfina sobre la economía. Cuando volvamos a la vida real, y Grecia haga un default y/o salga del Euro, la volatilidad se apoderará de los mercados y la tensión volverá a los principales KPIs, máxime en el caso de que la FED, finalmente, suba los tipos de interés. La principal pregunta será: ¿Quién es el siguiente? Todos los ojos mirarán a los países periféricos, que hemos tenido problemas. No obstante, no creo que España se vaya a poner en el centro del huracán. No olvidemos que es Alemania (y sus bancos) quien más exposición tiene sobre la deuda griega. Por lo tanto, y como no hay mal que por bien no venga, puede que la salida de Grecia del Euro sea otro de los accidentes que obliga a la Unión Europea a reinventarse, a avanzar en la formación de una zona económica óptima (incluyendo una unión bancaria efectiva), y, lo que es más importante, salvaguardar el Estado de bienestar (una de nuestras señas de identidad, no lo olvidemos) sin hipotecar el de las generaciones futuras.

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