lunes, noviembre 12, 2018

Lo cierto es que el domingo acabé profundamente decepcionado. El debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera me pareció, sencillamente, indigno de una sociedad madura y formada como la española. Me acosté reflexionando sobre eso que llaman cambio y solamente encontré razones para el escepticismo.

Como hemos reiterado en este blog, ninguno de los programas económicos suponen realmente un cambio a la socialdemocracia que lleva gobernando este país durante las últimas décadas. Aunque la palabra socialdemocracia se haya puesto de moda durante los últimos días, lleva existiendo en nuestro país años, bajo distintos disfraces. No se explica de otra forma un sector público que supone, de forma directa e indirecta, casi el 50% de la economía, y aún así se le exija más. Hemos creado una sociedad con más derechos que obligaciones que ahora hay que alimentar. Parece arraigado el mensaje de la insostenibilidad del modelo de bienestar actual, pero la apuesta es por continuar engordando la gallina a cuenta de los ciudadanos.

Más allá de que no veo un programa económico sólido, que apueste por una mayor participación de la sociedad civil, por la defensa de la libertad del individuo y la necesaria racionalización del gasto público, lo cierto es que la neocasta se parece mucho a la casta tradicional. El engaño, los discursos vacíos de contenido y los reproches cruzados ya son un leit motiv entre potenciales gestores públicos que solamente llevan unos meses en la vida política. Y, para más inri, reducen la inteligencia del ciudadano de a pie hasta convertirnos en meras ovejas de un rebaño que pretenden controlar. A modo puramente ilustrativo, reflexionemos unos minutos sobre el nuevo cuatripartidismo: Podemos, Ciudadanos, PSOE, PP; Ni que Izquierda Unida y UPyD no existieran hace solamente unos meses!

No con tanta representación parlamenteria, argumentan los seguidores de la pluralidad (no sin razón), a lo que yo contesto: ni con tanta cuota de share en TV y medios tradicionales. Y es que España ha dado el salto definitivo al mundo hiperconectado, y por primera vez en nuestra historia la sociedad puede poner nombre y apellidos al infractor con Hacienda, o encontrar el último tweet escrito hace 10 años por un aspirante a formar Gobierno. Todo ello gracias a internet y la democratización del conocimiento. La buena noticia es que el siguiente paso es fácil: aprovechar todo ese conocimiento en pos del beneficio social; la mala, sin duda, que aún no lo hemos hecho y seguimos repitiendo mantras falsos, inyectados a través de nuevas vías de distribución.

Hasta aquí, solamente opinión. ¿Qué dicen los datos con respecto al cambio?¿Es cierto que los gestores de Podemos son capaces de destruir la economía del país usando un intervencionismo desmesurado? Evidentemente, cualquier análisis que hagamos en este blog será un tanto precipitado, pero no quería dejar pasar estas elecciones sin dar un vistazo a los datos económicos más relevantes de los Ayuntamientos del Cambio:

En términos de empleo, los resultados no son especialmente alentadores. La EPA lo deja muy claro: Entre el tercer trimestre de 2015 y el primer trimestre de 2016 el número de parados en Madrid y Barcelona ha incrementado un 4,4% y un 0,5% respectivamente. Es cierto que no son cifras alarmantes, pero rompen con una tendencia claramente decreciente en la que estaban inmersas las 2 economías más importantes de nuestro país. Además, se producen en un contexto en el que la economía española está siendo capaz de generar empleo a ritmos razonables, lo que añade cierta gravedad a los datos.

No obstante, el dato más revelador es el de inversión extranjera bruta. Esto es, los flujos de dinero del exterior que entran en los Ayuntamientos del cambio. Durante el tercer y cuarto trimestre de 2015 entraron, de forma acumulada, 4.764 y 2.315 millones de Euros en Madrid y Barcelona, respectivamente, según datos de Comercio Exterior. Esto supone un -46% en términos interanuales para Madrid, y un -18% en Barcelona. Y voy más allá: Hay que remontarse hasta el 2008, con los mercados financieros totalmente estrangulados y la desconfianza dominando el panorama internacional, para encontrar una cifra menor de inversión en la capital.

Si a esta disminución de flujos de inversión en Madrid le añadimos la compleja relación que mantiene el Ayuntamiento con la banca de inversión, una deuda que lejos de decrecer aumentó en más de 3.000 millones de Euros en 2015, y un déficit que además de incumplir los compromisos con el Gobierno central fue de los mayores del país (1,36% del PIB), parece razonable pensar que el cambio, en caso de existir, es a peor.

Por el momento los ciudadanos solamente lo notamos en restricciones absurdas, incremento de la presión sobre cualquier tipo de medida que suponga un incremento de los ingresos públicos, y algún que otro desliz más propio de gestores sin experiencia que de alguien con capacidad para gobernar el corazón del país. Sin embargo, si esto continúa así pronto se resentirá el empleo, y con él la capacidad adquisitiva de la población y (por supuesto) la generación de riqueza en las regiones.

Una vez más, la buena noticia es que está en nuestras manos acabar con este engaño que ya comienza a instalarse entre la sociedad como una enfermedad crónica. La mala (cómo no!) es que no hemos sido capaces de desarrollar, como una sociedad en su conjunto, mecanismos de defensa ante la escalada de tal barbaridad. Aún estamos a tiempo, pero éste también se agota.

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2 Comentarios

Pedro Barquero 9 junio, 2016 at 5:24 am

Perfecta entrada, objetiva y con números.

Tengo debilidad por Obama y sus discursos, y hace un mes “regaño” a la prensa por el seguimiento a Trump. Les dijo que deben dudar de las propuestas de los candidatos y hacer saber a la población lo que no sea viable, no cayendo en la “gracieta” del populismo. Dado que la prensa no lo hace, tendremos que seguir intentándolo desde nuestros modestos Blog.

Seguimos.

Telmo Barrios 9 junio, 2016 at 11:04 am

El problema es que siempre preferimos creer falsas ilusiones y que nos lo den todo hecho a verdades dolorosas en las que hay que luchar por lo que uno quiere; y estos movimientos, aprovechando esa debilidad del votante, la explota para beneficiarse de ella.

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