jueves, julio 18, 2019

 

Estoy seguro de que muchos de ustedes han ido al banco, incluso en varias ocasiones, a pedir un préstamo. También, estoy seguro de que han intentado negociar las condiciones con la cantinela de que “en el de al lado me lo dan más barato). Y, por último, estoy seguro de que el resultado ha sido más bien limitado, por no decir casi nulo.

Lo mismo pasa con Estados Unidos y China. El primero es un gigante económico reconocido a nivel mundial, con una economía que crece al 3,2% y una moneda, el dólar, que no sólo es considerada un activo de reserva a nivel mundial, sino que es la más usada, con diferencia, en las transacciones internacionales. El segundo es una economía que evoluciona notablemente a la baja, y que pretende competir con el gigante norteamericano… aplicando las recetas fracasadas de Japón y otros países con potencial económico. El socialismo y el intervencionismo fracasan allá donde se implementan, y China no es una excepción.

Que Estados Unidos era el ganador de la negociación comercial algunos lo sabíamos desde que comenzó. El último dato de PIB del país norteamericano refleja un claro empuje del sector exterior. No sólo se han dinamizado las exportaciones, sino que la eliminación de asimetrías a nivel internacional ha supuesto un rebalanceo del comercio hacia el mercado interno, en el que las importaciones están retrocediendo un 3,7% en el primer trimestre de 2019, frente al +2% del mismo trimestre del año pasado.

La realidad es que el sector exportador de Estados Unidos está creciendo un 2,4% y el déficit comercial de bienes decrece un -2,6% interanual en el primer trimestre del presente año. ¿Adivinan a costa de quién? Correcto, de China. Nada más y nada menos que un 12,3% de descenso interanual sólo en bienes, y, como pueden ver en la siguiente gráfica, casi un 40% de reducción si lo comparamos con el pico de mediados del año pasado.

China, una economía intervenida y adulterada por los estímulos públicos, depende del mercado norteamericano para mantener su crecimiento económico. Y, sin embargo, Estados Unidos está creciendo a ritmos no vistos desde hace años con un sector exterior que supone un 12% del PIB y a la baja.

Por eso Trump puede aplicar aranceles sobre 200.000 millones de dólares y China sobre sólo 60.000. La negociación está desequilibrada y la parte débil juega con balas de cartón. Igual que cuando usted va al banco.

Y, sin embargo, China tampoco puede ceder ante las presiones de Trump y liberalizar el comercio internacional abruptamente. Si lo hiciera, y el superávit comercial que mantiene con Estados Unidos (superior a los 400.000 millones de dólares sólo en 2018) se esfumara, la economía china entraría en una espiral que evaporaría su condición de acreedor internacional de forma muy peligrosa.

La deuda externa, recordemos, fue la que llevó a países como el nuestro al borde del impago. Una economía inflada artificialmente es como un globo en un jardín de cactus. Corre un riesgo serio de pincharse. China lo sabe, como también sabe que no puede permitir una asunción masiva de deuda externa porque ya mantiene más del 250% de su PIB en préstamos, tanto públicos como privados.

China está haciendo lo que cualquier gestor mínimamente racional haría: tratar de suavizar la caída, y ganar tiempo a ver si la contraparte se debilita, bien desde el punto de vista económico, y gana algo de margen de negociación. No tiene ningún as en la manga, ni margen adicional de negociación más allá de las plumas que pierda Estados Unidos por el camino. Ni tan siquiera puede activar la “opción nuclear” (dejar de comprar deuda Norteamericana) porque ni tan siquiera es el acreedor extranjero con mayor posición en el país. Los principales inversores norteamericanos son domésticos, que mantienen el 60% de la deuda pública del país, seguidos por Japón.

Más allá del caso de China, que, como hemos visto, sencillamente está llevando un proceso de ajuste económico, la negociación comercial entre ambas potencias está teniendo más impacto mediático que económico. No es cierto que la desaceleración a nivel mundial sea debido al parón comercial entre ambas economías. El impacto no superará el 0,3% a nivel mundial, según Oxford Economics. En el caso de la Eurozona, la economía que ralentiza su crecimiento a mayor ritmo, el impacto es prácticamente neutro en 2018 y 2019 y apenas superará el 0,1% en 2020.

La desaceleración global está liderada por China y por Europa, dos economías extremadamente intervenidas para potenciar el crecimiento del PIB con recursos públicos generando enormes desequilibrios por el camino. Sin reformas estructurales ni orientación al libre mercado, ambas están condenadas a la japonización, aunque con efectos notablemente más nocivos que en el caso del gigante asiático por sus peculiaridades.

Y, dentro de esa ralentización económica a nivel mundial, Estados Unidos también presenta dudas en algunos indicadores adelantados. Los índices manufactureros y de confianza económica llevan meses ligeramente a la baja y la concesión del crédito minorista excluyendo las hipotecas también modera el ritmo de crecimiento. Nada que no pueda ser meramente coyuntural, ni mucho menos me lleve a pensar que Estados Unidos entra en un ciclo bajista.  Con el establecimiento mutuo de aranceles, como no podría ser de otra manera, una economía que crece a un ritmo notable y con la menor tasa de paro en mínimos históricos sigue prevaleciendo sobre otra adulterada. De ahí el desplome en el precio de los bonos del tesoro norteamericanos.

La mal llamada guerra comercial nunca fue una guerra. Fue una negociación, y lo sigue siendo. Sólo que entre dos potencias que, aunque pretenden ser iguales, no lo son. Para la próxima vez, intente ir al banco con un Rolls Royce alquilado y joyas bañadas en oro. Podrá comprobar de primera mano que el resultado de su negociación será el mismo.

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