jueves, septiembre 20, 2018

 

Grecia ya ha finalizado formalmente el programa de rescate de su economía. Tras ocho años y 200.000 millones de euros inyectados , la economía helena ha vuelto a los mercados internacionales. Una patada hacia delante que, como no podía ser de otra manera, desde Europa se ha tildado de “éxito”.

La morfina aplicada a nuestros socios solamente ha servido para hacer pequeños retoques estéticos, pero no ha solucionado los problemas de competitividad que arrastra la economía griega. Trasladar la enorme deuda desde los inversores privados hacia los balances de la Troika, reducir los intereses asociados e incrementar el período de devolución no evitará futuros shocks.

Con casi un 180% de deuda sobre el PIB, Grecia es el país de la eurozona más endeudado y uno de los que menor coste en intereses soporta, un 1,9%. El loable esfuerzo que ha llevado a cabo ha logrado estabilizar su deuda pública, aunque no un cambio de tendencia. Tampoco ha sido capaz de reducir su deuda externa, que se mantiene en niveles cercanos al 230% del PIB.

Más que ocho años de rescate y transformación económica, parece que Grecia ha permanecido ocho años inmóvil. Veamos:

  • La brecha fiscal permanece casi 5 puntos porcentuales por encima de la media de la OCDE.
  • Las empresas pagan un 51,6% de su beneficio operativo en impuestos.
  • Sigue siendo el país con mayor economía sumergida de la eurozona.
  • La tasa de paro permanece en niveles cercanos al 20%.
  • Ocupa el puesto número 67 -y subiendo -en el índice Doing Business

En definitiva, no se han atajado los problemas estructurales del país.

El paso de un déficit fiscal del 15,1% en 2009 a un superávit del 0,8% en 2017 es digno de elogio, pero insuficiente. Reducir la bomba de relojería que suponía el sistema de pensiones es un parche cortoplacista que no evita la pérdida de rumbo del país, solamente sirve para dar las cifras que quieren ver desde Europa. Una muestra de ello: el programa de privatizaciones ha aportado 6.000 millones de euros desde 2011, frente a los 50.000 millones presupuestados.

Las medidas que ha llevado a cabo el gobierno griego para poner a raya sus cuentas públicas se han traducido en un recorte del gasto público de un 28% y un brutal incremento de la presión fiscal de 5 puntos porcentuales. Un país con una presión fiscal del 48,8% sobre el PIB solamente tiene un calificativo: infierno fiscal. La única forma de que Grecia pueda salir de la espiral bajista es orientar la economía al crecimiento y a la generación de valor. Una economía cuyo gasto público se mantiene en el 48% del PIB está ejerciendo un efecto crowding out -desplazamiento de las inversiones privadas por inversiones públicas -evidente. No hay ningún país en el mundo que haya crecido bajo este modelo.

Europa se juega mucho en Grecia. No sólo por la credibilidad del mayor rescate de la historia de la eurozona, sino también por la propia sostenibilidad de sus finanzas gubernamentales. Los Estados europeos mantienen el 69,4% de la deuda griega, seguidos por el Banco Central Europeo -4,2%. Es decir, en Europa se concentran casi el 75% del riesgo asociado a la economía griega.

La última vez que Grecia acudió a los mercados financieros -julio de 2017 -pagó un tipo de interés del 4,625% por 3.000 millones de euros en bonos a cinco años. La desvinculación definitiva de la Troika se produce en un momento en el que el BCE está retirando de forma progresiva su programa de compra masiva de bonos. Esto significa que, en lo que queda de año, Grecia podrá seguir financiándose a tipos bajos. Sin embargo, a partir de 2019, las condiciones financieras se recrudecerán. Concretamente, el coste de la nueva deuda emitida podría pasar de un 2,2% en 2017 a cifras superiores al 5%.

Esto supone situarnos en un escenario de financiación peor que el pico de 2009, cuando Grecia se financiaba al 4,6%. O, lo que es lo mismo, resucitar los fantasmas sobre la liquidez y solvencia de las finanzas públicas griegas. Los bancos helenos tampoco podrán salir en su ayuda. En los últimos años no han hecho los deberes y mantienen en balance el 45% de los créditos concedidos catalogados como de dudoso cobro, cifra que adquiere dimensiones catastróficas cuando la comparamos con el 4,8% de la eurozona.

Con Europa contagiándose de la desaceleración que llevan meses mostrando potencias como Alemania o Francia, y un aumento del riesgo financiero en países como Italia y España (lean) derivado del despilfarro populista, el cumplimiento del plan de rescate pactado con la Troika es insuficiente para dejar de considerar a Grecia como un riesgo para Europa. Además de llevar a cabo reformas estructurales como la del sistema de pensiones, Grecia debería haber acometido otras reformas estructurales: mercado de trabajo, sector público, sector financiero, etc.

Si nuestros socios helenos quieren comenzar a ser una economía sostenible, deben comenzar a llevar a cabo todos esos ajustes antes de que la desaceleración los alcance. Después, será tarde. Subvencionar enormes estructuras burocráticas y campeones nacionales convirtiendo al país en un infierno fiscal solamente les conduce a la quiebra. El superávit primario -excluyendo el pago de deuda pública -del 3,9% del PIB se esfumará en cuanto los estabilizadores automáticos empeoren y el tímido crecimiento se ralentice.

Por desgracia, todo parece indicar que el nuevo objetivo del gobierno de Alexis Tsipras es la condonación de la deuda griega por parte de los socios europeos. Otro parche más que solamente retrasará lo inevitable y hará que el ajuste sea mayor. Al tiempo.

 

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