lunes, noviembre 12, 2018

 

 

El hombre es el único animal capaz de tropezar varias veces con la misma piedra. La crisis más importante de la historia económica contemporánea hizo explotar al sistema financiero de la mano del mercado inmobiliario. El vehículo que usó el sistema bancario fueron las hipotecas subprime en Estados Unidos que, para el caso español, cristalizaron en hipotecas no tan elaboradas pero sí de alto riesgo, tanto por el perfil del deudor como por ser hipotecas cuyo Loan-To-Value superaba el 100% del valor de la tasación. O, dicho de otra manera, ibas al banco a pedir un préstamo para comprar una casa y salías con dinero suficiente para comprarla, amueblarla y darte un capricho en forma de automóvil o viaje.

Esta situación no es obra de magia, ni surge de un día para otro. Como es bien sabido, en España la fiesta económica estaba en pleno auge y nadie quería quedarse fuera del pastel. Ni tan siquiera los bancos. Para crecer al ritmo que les exigía la comunidad inversora, en un entorno de tipos de interés relativamente bajos –recordemos los tipos de interés del 15% de la década de los 90 –era necesario asumir riesgos. Y lo hicieron. O, lo que es lo mismo, la gallina de los huevos de oro a coste cero que era Europa en aquel momento mutó hacia un lobo disfrazado de oveja, repleto de incentivos perversos que acabaron encerrando a la economía en un callejón sin salida.

Hace unas semanas, la Asociación Hipotecaria Española (AHE) alertaba de un aumento considerable de las hipotecas consideradas de alto riesgo. Estas son aquéllas cuyo importe prestado es superior al 80% del valor de tasación del inmueble. Según la AHE, un 19% del saldo total concedido es considerado de alto riesgo en Abril 2017. Esta cifra supone 8 puntos porcentuales más que en Septiembre de 2016, y 4 puntos porcentuales más que en el año 2009, cuando aún veíamos la crisis por el retrovisor.

Esta cifra en sí no es alarmante. La tasa de morosidad oscila en torno al 8,8%, su nivel más bajo en cinco años; y aún no se ha disparado el Loan-To-Value general de las hipotecas, que se sitúa en torno al 60% del valor de tasación. Asistimos, a fecha de hoy, a una nueva asunción de riesgos en el mercado hipotecario, que podría derivar en una nueva oleada de impagos de no proceder correctamente.

El sistema bancario se encuentra en una situación similar –mismo perro, distinto collar –a la de la primera década de los 2000. El QE ha inyectado morfina en la economía y ha escondido la necesidad de reformas estructurales, pero sí que existen señales claras de un funcionamiento anormal en las dinámicas económicas. Los más de 2 billones de Euros que Súper Mario se ha sacado de la chistera desde Marzo de 2015 no han influido apenas en un repunte de la inflación. Más bien, han dibujado un escenario con tipos de interés negativos o cercanos a cero que, a su vez, pone en serios aprietos la rentabilidad de la banca. En el caso español, el margen bruto del sistema bancario en su conjunto se ha deteriorado casi un 13% desde 2014.

La búsqueda de rentabilidad es una obsesión actualmente para los gestores bancarios, en un contexto en el que la ausencia de crecimiento de la renta disponible de los agentes económicos impide que las subidas de comisiones tengan el efecto deseado. En este contexto, tienen que acudir a la asunción de mayores riesgos para recuperar la cuenta de resultados perdida. Esto tiene un nombre: incentivos perversos. Y pueden llevar a que la historia se repita en un horizonte temporal no muy amplio.

Si esto ocurre, Papá Estado ya no estará ahí para salvarnos. Recordemos que al inicio de la crisis la deuda pública española estaba en torno al 40% del PIB; a día de hoy oscila en torno al 100% y el escenario a futuro pintado por todos los analistas –Gobierno incluido –es déficit estructural y continuado en el tiempo. La retirada de estímulos y la subida de tipos de interés por parte del BCE comienzan a ser urgentes. La política de la avestruz –meter la cabeza bajo tierra hasta que amaine el temporal –no maquillará el desastre que han supuesto las medidas no convencionales de política económica. España, y Europa en su conjunto, necesitan terapia de choque y el BCE tiene la responsabilidad de, al menos, no ponernos trabas.

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