lunes, noviembre 12, 2018

 

 

La victoria de las formaciones populistas en Italia añade más presión política a una economía que lleva arrastrando la falta de Gobierno estable durante los últimos, en forma de crecimiento por debajo de su capacidad potencial. La certificación del cambio de tendencia hacia el decrecimiento es cuestión de tiempo.

Nuestros socios italianos han respondido favorablemente (nótese la ironía) a los incentivos lanzados desde la Unión Europea. No en vano, su gasto público se ha incrementado un 47% desde el año 2000, hasta alcanzar los 830.111 millones de Euros, un 49,4% del PIB en 2016. Como parte de esta evolución podemos encontrar planes de estímulo, la archicriticada austeridad (¿?), y todo un sinfín de políticas y etiquetas que no responden a la realidad de los italianos. El PIB per cápita, desde la entrada de Italia en el Euro, se ha incrementado un 29,8%; en los 17 años anteriores al año 2000, un 156%. Mientras, la deuda pública galopa hacia el 132% del PIB, experimentando un notable incremento del 70% en términos absolutos desde dicho año, y sin perspectivas de cambio en el medio y largo plazo.

Estas cifras tienen una lectura clara: los italianos ven cómo les arrebatan coercitivamente sus rentas presentes y futuras, en una espiral en la que el Estado engulle la actividad económica y la capacidad de generación de prosperidad, haciendo vulnerable al país ante cualquier shock internacional, y generando una profunda frustración entre los ciudadanos. La promesa de seguridad proveniente del estado de bienestar se torna en un avance hacia el abismo, en el que todos los agentes económicos (públicos y privados) coinciden en que el sistema es insostenible.

Italia ocupa el puesto número 46 en el ránking doing business elaborado por el Banco Mundial. Por situarlo en términos relativos, España ya es un país con claro margen de mejora para el sector privado y ocupa el puesto número 28. El índice de libertad económica, elaborado por la Fundación Heritage, lo sitúa en el puesto 79, precedido por Namibia y seguido por Paraguay y Sudáfrica.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Con un crecimiento apalancado en gasto público, deuda y sectores de baja productividad. Aumentar la dependencia del Estado es una excelente manera de socavar la prosperidad económica en el largo plazo, generando un ambiente de frustración y voto protesta que solamente lleva a despropósitos en forma de voto, como el que ocurrió ayer. Italia, como muchos países europeos, está instalada en el servilismo democrático, por el cual los sucesivos gestores gubernamentales compran votos con dinero público. Es decir, los recursos de la población. Bajo promesas que ellos saben insostenibles en el largo plazo, calman a una ciudadanía huérfana de propuestas realistas y efectivas. De esta forma, además de generar servilismo, el descontento aumenta y pueden volver a proponer… gastar y regular más.

Italia pierde peso a nivel internacional, con unos políticos incapaces de aportar la dosis de liderazgo que les exige el país, y una economía que continúa perdiendo competitividad e incrementando desequilibrios. Las exportaciones italianas muestran exiguos crecimientos durante años en los que el comercio internacional está en auge. Su mercado de trabajo no ha mejorado desde la entrada en el Euro. En el 2016 había 2,6 millones de parados y en el tercer trimestre de 2017, último dato reportado por Eurostat, 2,7 millones.

Sin embargo, Italia debe comprender que en Europa está la llave de su recuperación. No en la Europa en la que se empecinan las élites supranacionales, es decir, una Europa burocrática, que cercena el libre mercado e incapaz de avanzar en una integración óptima. Si no en una Europa libre, próspera y capaz de crear las condiciones adecuadas para que los agentes económicos italianos pasen de tener incentivos a endeudarse con dinero barato, independientemente de la calidad de los proyectos o su calidad de repago, a crear puestos de trabajo y riqueza desde el sector privado. Es decir, empresas capaces de competir en un entorno globalizado compitiendo por valor.

Italia sigue siendo una de las economías más potentes de la Eurozona. Y esto tiene una doble cara:

Por una parte, en caso de que los populismos deriven en una nueva crisis económica, podríamos asistir a la mayor quiebra de la historia del Antiguo Continente. Todos tenemos en mente el foco de riesgo que supuso el Monte de Paschi en junio de 2017, cuando estuvo al borde de la quiebra. Este banco es la parte visible de un iceberg que conduce al país a ostentar el dudoso honor de ser el que más créditos de dudoso cobro de toda la Eurozona. 224 billones de Euros, según el último informe del BCE. Eso, a pesar del acuerdo al que llegaron Bruselas e Italia para reestructurar (rescatar) dicho banco, que es uno de los más importantes del país.

Por otro lado, Italia mantiene un peso lo suficientemente relevante en las instituciones europeas como para gestionar un cambio de rumbo. Aliados no le faltarán. Francia, con Macron al frente y Alemania apuestan por políticas de oferta destinadas a reducir desequilibrios y crecer vía incremento de la productividad. También cuenta con superávit exterior que le protege del impacto de la deuda externa ante un posible escenario económico adverso.

En el caso del país transalpino, comienza a ser urgente avanzar en esa dirección. En un entorno de política monetaria expansiva sin precedentes en la historia, Italia mantiene una prima de riesgo superior a los 140 puntos básicos. Este humilde economista considera que un escenario similar al de 2011, con un Gobierno de tecnócratas gestionando la peor crisis de su historia, es lo mejor que le podría pasar al país y a sus habitantes.

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