domingo, marzo 29, 2020

 

El oro ha sido testigo de honor de la evolución de la humanidad. Su historia ha transcurrido en paralelo a la formación del sistema económico que conocemos hoy en día. Primero fueron los intercambios al peso, después las primeras acuñaciones de moneda, seguidas de la aparición del valor por el volumen de reservas existentes y, por último, uno de los activos más importantes en la formación del ecosistema inversor.

A nadie se le escapa la importancia de este metal precioso. Su explosión se produjo durante la etapa de los mercantilistas, durante el siglo XVI, cuando se convirtió en el bien más preciado por los gobernantes como sinónimo de riqueza acumulada en su territorio. También fue parte fundamental en el primer gran sistema monetario de nuestra historia: el patrón oro. Eran las reservas de oro a nivel mundial las que delimitaban la riqueza que atesoraba el planeta, y también la capacidad de pago de un comerciante o Estado, pues todo tenía que estar respaldado por reservas de este metal.

Pero desde mediados del siglo XX, con la necesidad de crear dinero para financiar elevados volúmenes de déficit y niveles de intervencionismo cada vez mayores, el respaldo en oro se ha ido trasladando hacia la confianza transmitida por los bancos centrales, y a día de hoy se calcula que el 80% del dinero fiduciario emitido en el mundo no está soportado por ningún colateral.

El oro se ha quedado, por lo tanto, como una reserva de valor, perdiendo las otras dos funciones que tiene el dinero: medio de pago y unidad de cuenta. Dicho de otra manera, a día de hoy es meramente un activo financiero. Un activo considerado refugio por la misma razón por la que se implantó el patrón oro en el siglo XIX: sus reservas están localizadas y contabilizadas, y opera al margen de los de organismos públicos de cualquier tipo, incluidos bancos centrales. Su precio, por consiguiente, es la señal inequívoca de la confianza que tienen los mercados en los bancos centrales y en la capacidad de repago de las deudas de los agentes fiduciarios que hay en los mercados.

Por ello, la demanda de oro se incrementa en los períodos de incertidumbre económica y de recesión, y disminuye en la fase alcista del ciclo. Dado que la oferta permanece prácticamente invariable, el precio incrementa o disminuye en la misma proporción. Algo relativamente sencillo, hasta que se produjeron dos disrupciones en los mercados financieros.

La primera fue la aparición de las criptomonedas, que, aunque no están respaldadas por ningún activo físico, sí que cuentan con una oferta limitada, predecible, transparente y confiable. A día de hoy nadie ha sido capaz de hackear la tecnología Blockchain, y eso juega a favor de este activo financiero. Por otra parte, tampoco cuentan con la intervención de ningún organismo supranacional, y por eso Ethereum o el propio Bitcoin tienen niveles de volatilidad elevados, acorde con su rentabilidad y madurez como activos financieros.

En segundo lugar, no podemos entender la evolución reciente del oro sin la política de represión financiera llevada a cabo desde los principales bancos centrales del mundo. El enorme incremento de la masa monetaria puesta en los mercados por parte de los bancos centrales ha llevado a los bonos de deuda pública a tocar un techo de 17 billones de dólares en bonos con rentabilidad negativa a mediados del año pasado. Como consecuencia, el dinero en busca de rentabilidad se ha polarizado entre activos de un riesgo excesivo ponderado por la rentabilidad y el oro.

Sólo de esta manera se puede entender la evolución del oro, plana con una ligera tendencia a la baja, entre 1990 y 2003, período en el que el máximo estuvo en 413 dólares por onza y el mínimo en 256 dólares por onza, frente al experimentado desde el año 2003, cuyo valor era similar al de 1990, y el 2011, cuando alcanzó el máximo de 1.873 dólares por onza.

Debemos recordar que la FED llevó a cabo su primer período de rebajas continuadas de tipos entre el año 2000 (6,5%) y el 2003 (1%), momento a partir del cual han continuado evolucionando a la baja, incluso rozando el 0%, salvo entre 2004 y 2006.

Desde 2011, coincidiendo con la segunda gran recesión en Europa, su valor disminuye hasta el entorno de los 1.100 dólares por onza, una cifra notablemente lejana al período de estabilidad citado anteriormente y, algo muy importante, con una volatilidad mucho más elevada. El mínimo de este período, de hecho, se produce en el año 2015 (1.087 dólares por onza), poco después del ya famoso “whatever it takes” de Mario Draghi que salvó al Euro. Desde ahí, a pesar del período de relativa estabilidad económica mundial y en paralelo a un programa de estímulo del BCE que ha supuesto el 40% del PIB europeo, el precio del metal más preciado se ha incrementado hasta los 1.500 dólares por onza en el que oscila actualmente.

Una evolución también impulsada por la reducción de oferta por parte de los bancos centrales a nivel mundial (en 2017 concentraban 32.180 toneladas métricas, frente a las 29.873 de 2007) pero lastrada parcialmente por la aparición, como ya hemos nombrado, de las criptomonedas, el segundo gran activo refugio de la política monetaria expansiva y extraordinaria de los Bancos Centrales.

En 2019 el precio del oro se ha incrementado un 16% debido, fundamentalmente a tres factores: i) Desaceleración económica mundial, especialmente de Europa y China; ii) Inestabilidad de las divisas, con los episodios de volatilidad vividos a mediados de 2018 aún en la mente del inversor, cuando algunas divisas se llegaron a depreciar un 50% en tan sólo unas semanas; iii) Vuelta a las políticas monetarias expansivas (QE en un entorno de tipos cercanos al 0%) por parte de la FED y del BCE.

Perspectivas 2020 

De cara al año que acaba de comenzar, el análisis por fundamentales es claro. Según David Becker, analista de FX Empire: “es difícil de hacer un escenario con los precios del oro al alza”. Apunta hacia la normalización (o, al menos, la no-expansión) monetaria por parte de la FED y hacia un crecimiento económico que podría evolucionar ligeramente al alza. Esto va a suponer, según este analista, mayores rentabilidades de los bonos de menor riesgo del mercado, como son los norteamericanos y, por lo tanto, un precio del oro que evolucionará a la baja.

Una opinión similar tiene Frank Holmes, de US Global Investors, aunque difiere en el largo plazo. Concretamente, afirma: “Durante el último ciclo de oro importante, el metal amarillo pasó de mediados de $ 200 a $ 1,900 la onza. Puede obtener fácilmente un aumento de cinco veces o más en su precio, por lo que creo que el oro de $ 10,000 podría suceder a medida que la FED continúa por debajo de la curva”. También, alude al elevado nivel de endeudamiento y a los rendimientos decrecientes de las políticas faiscales como uno de los grandes riesgos para el año que comienza. Por cada dólar de crecimiento a nivel global se han necesitado 3,20 dólares de deuda, “uno de los factores más importantes que hacen que el precio del oro aumente a largo plazo porque, nuevamente, los altos niveles de deuda limitan las opciones monetarias de los bancos centrales a bajar por más tiempo.”

En definitiva, las perspectivas por fundamentales para el oro apuntan a la baja, aunque la acumulación de riesgos en los mercados financieros y la probabilidad creciente de un shock inesperado en el medio plazo suponen un aliciente lo suficientemente atractivo como para que el precio pudiera de nuevo dispararse.

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