jueves, diciembre 13, 2018

 

 

Desde el estallido de la crisis mundial en el año 2008, muchos han sido los bancos centrales que no han logrado conseguir el objetivo de mantener la inflación en niveles inferiores, aunque cercanos al 3% interanual.

Billones de dólares, euros, libras, yuanes y muchas monedas distintas inyectados de forma artificial en la economía con el único objetivo de impulsar los precios que han demostrado ser un fracaso estrepitoso. Las regiones con monedas débiles han visto cómo la inflación se disparaba hasta llegar a doble dígito -hiperinflación -mientras las economías o zonas económicas con divisas sólidas creaban enormes burbujas en mercados como el de los activos inmovilizados -especialmente el inmobiliario -mientras la inflación ha permanecido por debajo del 2%, llegando incluso a asomar la sospecha de la deflación durante algunos meses.

Solamente la energía y los alimentos, impulsados por un incremento artificial del precio del petróleo, han sido capaces de repuntar ligeramente el aumento de precios hasta el 2%.

Para explicar este fenómeno, hay que acudir a tres dinámicas relevantes a nivel mundial:

En primer lugar, el crecimiento económico real es nulo e incluso negativo. El crecimiento económico, en términos nominales, se ha producido con cargo a la asunción de deuda que, como comenté en este post, cada vez tiene menor impacto sobre el crecimiento económico. La deuda asumida por los gobiernos a nivel mundial asciende a 63 trillones de dólares, donde Estados Unidos, China, Japón, Italia y Francia acumulan el 66% del total. La evolución de los últimos años ha sido exponencial.

O, lo que es lo mismo, si no hubiéramos acudido a esa deuda, el crecimiento hubiera sido nulo e incluso negativo.

Este hecho, junto con una dinámica proteccionista durante las últimas décadas, ha llegado a una desaceleración en la demanda mundial que supone presión a la baja estructural para los precios.

En paralelo, las dinámicas demográficas observadas especialmente en las economías desarrolladas llevan hacia un envejecimiento progresivo de la población. Esta situación es otro de los elementos que añaden presión deflacionista, según el Banco de Pagos Internacionales y otros investigadores económicos.

Sin embargo, la fuerza que más pesa en contra del objetivo de los bancos centrales es la revolución tecnológica.

Además de la presión a la baja de los precios por menores necesidades de estructuras de costes fijos derivados del fenómeno de internet y la migración hacia la vida digital de las personas, existe un componente muy relevante en torno a la robotización y automatización en la estructura productiva de los países más avanzados desde el punto de vista tecnológico.

El proceso innovador no es novedoso en las economías desarrolladas. Primero fue la migración de la mano de obra desde el sector agrícola al industrial, y por último de éste hacia el sector servicios. En estos movimientos, gracias a la innovación, las economías incrementan su productividad, siendo capaces de producir el mismo output con una menor cantidad de recursos. De esta manera, la mano de obra migra hacia un nuevo sector, con dos efectos claramente positivos:

a) Mejora de salarios, prosperidad y condiciones de vida

b) Menores costes en el sector de origen, produciendo un descenso en el precio final de los productos, por lo que toda esa renta que iba a parar a necesidades básicas, ahora puede destinarse hacia actividades más productivas vía ahorro o inversión directa, generando crecimiento económico sostenible en el largo plazo.

Lo que está ocurriendo, sencillamente, es una intensificación de un fenómeno que ha ocurrido a lo largo de toda la historia. El nombre que ha recibido es paradoja de la productividad, y se podría resumir en que el nivel general de precios no repunta porque el impulso de la productividad en el sector manufacturero está provocando un estrangulamiento por éxito.

En la última década del siglo XX, el sector manufacturero suponía el 20% del PIB a nivel mundial, y algo menos del 17% en Estados Unidos. A día de hoy, solamente 22 años después, estas cifras se han reducido al 15% y 12%, respectivamente. En este caso, la adopción masiva de robots e inteligencia artificial está provocando un incremento de productividad de tal magnitud que los precios manufactureros se están hundiendo, arrastrando a todo el sistema de precios de la economía.

Todo ello gracias a la cuarta revolución industrial.

La desaceleración de la productividad a nivel mundial y en las principales economías desde la década de 1959 es consecuencia del trasvase de recursos desde el sector secundario hacia el sector servicios que provoca un incremento de la brecha de productividad entre sectores.

Hasta ahora, la migración de mano de obra desde el sector primario hacia el sector manufacturero conllevaba una liberación de recursos que eran empleados en sectores más productivos que ponían el foco exclusivamente en el valor añadido. Ahora, a esta situación hay que sumarle una nueva dimensión: la del precio. La obsesión de las compañías por avanzar en la automatización y robotización como palanca para incrementar la eficiencia de sus recursos productivos supone un elemento fundamental que presiona a la baja los precios a nivel mundial, y especialmente en las economías desarrolladas.

Esto no ha hecho más que empezar. Se hace urgente revisar el papel de nuestros bancos centrales y sus objetivos, antes de que los desequilibrios que están creando acaben con nuestro sistema económico. Más de 8 billones de dólares inyectados de forma artificial, y sin apenas efecto sobre los precios, a nivel mundial en los últimos diez años dan fe de ello.

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