miércoles, agosto 5, 2020

 

Japón a finales de los años 80 era una economía en auge, considerada por muchos como una verdadera amenaza para Estados Unidos, que ejercía su hegemonía mundial y manejaba a su antojo el panorama geopolítico internacional.  Con los tipos de interés fijados por el Banco de Japón al 2,5%, el valor de los bienes inmuebles japoneses se multiplicaron por 75 entre 1955 y 1989, suponiendo el 20% de la riqueza mundial. El Nikkei también se disparó, pasando de los 11.542 puntos en 1984 a los 39. 815 puntos en 1989, una revalorización del 244% en tan sólo 1 año.

Con este panorama, y una economía cuya moneda a nivel internacional era fuerte pero de forma artificial, el final del cuento para los japoneses fue el mismo que en cualquier otro momento de excesivo intervencionismo de la historia: estallido de la burbuja, crisis y una recesión que duró 20 años. Todo por una economía sostenida artificialmente por unos tipos de interés excesivamente bajos, que explotó cuando el Banco Central de Japón subió los tipos al 6%, pero que hubiera explotado igualmente vía inflación si este movimiento no se hubiera producido.

De esta forma, Japón pasó a crecer un 10% anual de media en el período 1955-1972 de media entre 1955 y 1972 a hacerlo al 4% entre 1975 y 1990 para quedarse estancado en el 1% a partir de 1990. Un crecimiento débil, además, basado en una productividad muy pobre, que ha estado un 20% por debajo de la media de la OCDE desde el estallido de la burbuja y que desde la crisis de 2010 ha rozado el 30% a la baja.

Los efectos de Abenomics

En este entorno, en el año 2012 Shinzo Abe, primer ministro japonés, apostó por una vuelta al intervencionismo masivo como medida para atajar la larga crisis económica que asolaba al país. Este plan de estímulo fue bautizado como Abenomics y consisitió fundamentalmente, en una acción conjunta de estímulos fiscales, monetarios y un paquete de reformas estructurales.

De esta forma, Japón fue el primer país en aplicar las políticas monetarias extraordinarias de estímulo cuantitativo (QE, o Quantitative easing, por sus siglas en inglés) en el año 2013. Cuando comenzó este programa, el balance del Banco Central de Japón mantenía un peso sobre el PIB similar al de los principales bancos centrales del mundo: ligeramente por encima del 20% del PIB de sus respectivos países. El impulso monetario ha sido de tal calibre que ya en 2018 superó el 100% del PIB en el caso japonés, mientras que en Europa ha superado ligeramente el 40% y Estados Unidos subió tipos y rebajó ligeramente el tamaño de la FED hasta el 20%.

Una expansión cuantitativa que, una vez más, supuso un ligero impulso a la inflación por un período de tiempo, hasta que entró en la zona de rendimientos marginales decrecientes y el efecto se diluyó. Concretamente, Japón llevaba en deflación desde el año 2009 y en el 2014, cuando el Banco Central ya suponía el 50% del PIB, la inflación presentó picos coyunturales del 5%, y sólo en 2014 superó el objetivo del 2%. Desde 2015 el desplome ha sido evidente, con una amenaza de vuelta a la deflación en el 2016 (-0,12%) y la permanencia en niveles por debajo del 1% desde entonces.

Lo que sí que ha conseguido, al igual que ha ocurrido en muchos países europeos, es un modelo económico basado en deuda pública. Japón tiene una de las ratios de deuda pública más altas del mundo: Casi el 240% del PIB, una cifra notablemente por encima del 50% en el que se situaba en la década de los ‘80. A pesar de la contención en el ritmo de crecimiento durante los últimos años, continúa marcando ritmos históricos de apalancamiento año tras año.

Una deuda que, junto con la baja tasa de crecimiento, debería suponer un hándicap para hacer frente a sus obligaciones de pago. Si esto no está ocurriendo es porque casi el 50% de dicha deuda está en manos del Banco Central de Japón, que es un organismo dependiente del gobierno japonés. Sólo de esta manera se puede entender la disminución del gasto por intereses desde el 11,5% en 2007 hasta cifras ligeramente superiores al 9% en los últimos años.

Un desincentivo a llevar a cabo las reformas estructurales necesarias que, además, actúa en los mercados y reduce las rentabilidades exigidas al bono japonés hasta el 0%, por lo que el apetito inversor se reduce y el Banco Central tiene que continuar interviniendo para asegurar la financiación del sistema.

Tampoco puede decirse que Abenomics haya resultado positivo en términos de empleo. Es cierto que Japón mantiene una de las tasas de desempleo más bajas de todo el mundo (2,2% en diciembre de 2019), pero no es menos cierto que el máximo histórico de desempleo en el país ha estado en el 5,5% (antes de la entrada de Abenomics) y, lo más importante de todo, la reducción de este indicador ha tenido un fuerte efecto composición, con una reducción progresiva desde el 65% de finales de la década de los ’90 hasta el entorno del 60% en 2016 para recuperarse, sólo parcialmente, hasta el 62% actual. La tasa de empleo, por consiguiente, ha seguido una evolución similar, hasta situarse en el entorno del 61% que se mueve actualmente, muy lejos del 65% que mostraba en los años de mayor esplendor.

El desplome de la economía japonesa pone en evidencia una política fiscal y monetaria agotadas

Por lo tanto, no se puede afirmar que Abenomics haya supuesto el revulsivo que sus gestores esperaban. Ni crecimiento económico, ni estímulos a la inflación, ni más empleos, ni incentivos al cambio de modelo productivo. Por el momento, solamente ha generado una economía excesivamente endeudada, una pirámide de población invertida y una dependencia de la política monetaria que hace insostenible su modelo de crecimiento.

Hasta ahora, con un crecimiento tendencial en niveles bajos y gracias a su situación de principal prestamista del mundo por vigésimoséptimo año consecutivo, con más de 3 billones de dólares invertidos en el extranjero según el Ministerio de Finanzas nipón, había sido suficiente para mantener un modelo claramente insostenible y lleno de desincentivos.

Sin embargo, el modelo está acabado. Ha bastado un ligero incremento del IVA del 8% al 10% para que la demanda doméstica se desplome y, con ella, el crecimiento económico toque a su fin.

Concretamente, los datos del último trimestre de 2019 muestran un descenso trimestral del -6,3%, con la demanda doméstica cayendo a un ritmo del 8% y el consumo de los hogares a doble dígito (-11,5%). Sólo la demanda pública se ha movido en valores positivos, impulsada fundamentalmente por un consumo público que se ha incrementado un 4,6%trimestral y un nada desdeñable 6,3% interanual.

Una economía absolutamente extenuada, que ha sufrido su mayor caída desde 2014 (cuando el descenso coincidió, también, con un incremento en los impuestos) y sin herramientas de política fiscal ni monetaria para afrontar la probable recesión técnica a la que se enfrenta.

Un país, Japón, que ha pasado de contar con algunas de las empresas más importantes del mundo a caer en la irrelevancia por un excesivo intervencionismo. El Banco Central de Japón es uno de los 10 inversores más importantes de muchas de las empresas del Nikkei.

Tras 28 años de déficit público ininterrumpido, la economía japonesa, la tercera del mundo, sólo precedida por China y Estados Unidos, no ha sido capaz de gestionar adecuadamente los enormes retos que ya tenía por delante cuando estalló la burbuja inmobiliaria: la pirámide poblacional y la baja productividad.

Un problema generado por un excesivo intervencionismo como fue dicha burbuja ha sido tratado de solucionar con más intervencionismo, y el resultado ha sido la evidencia de que la política fiscal y la política monetaria están ya en el tramo decreciente de sus rendimientos. Que Japón retome la senda de crecimiento pasa, exclusivamente, por abordar sus reformas estructurales y reducir el elevado intervencionismo.

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