lunes, diciembre 10, 2018

 

 

Tabarnia es un nombre poco atractivo en términos de marketing, aunque con mucha moraleja en el entorno sociopolítico actual. Aglutina a las regiones de Barcelona y Tarragona por haber arrojado una mayoría de partidos constitucionalistas en las últimas elecciones del 21-D. También, es un excelente vehículo para sacar a la luz las vergüenzas del procés. La idea de dar herramientas jurídicas a Tabarnia como región independiente de una Comunidad que está luchando por exactamente lo mismo parece exactamente lo que es: un despropósito.

Los responsables del independentismo acuden a razones ideológicas (ausencia de idioma, cultura e historia ajenas a Cataluña) para justificar lo evidente: Cataluña no puede existir sin dos provincias que, conjuntamente, suponen el 74% del PIB y el 84% de la población de la Comunidad Autónoma de Cataluña. Todo lo que queda fuera de Tabarnia se reduce a una economía basada en sector primario, una población envejecida (21% de la población entre 16 y 36 años) y con un nivel educativo bajo. Dicho de otra manera: agricultores, viejos y catetos. Recuerden quiénes fueron los impulsores también del Brexit en el famoso referéndum: población ingresa residente en zonas agrícolas, de edad avanzada y sin estudios.

Agricultores, viejos y catetos.

Exactamente los mismos que han levantado el país tal y lo conocemos hoy, superando guerras, penurias y escasez. Los mismos que no han conocido el Estado de Bienestar, ni la social-democracia, ni la palabra derechos más allá de los que ellos se ganaban día a día. Los mismos agricultores, viejos y catetos que han trabajado de sol a sol, sin vacaciones ni días libres para prosperar y asegurar un futuro mejor para sus hijos. Sin ellos, sencillamente, ni Reino Unido ni España existirían tal y como los conocemos. Ellos saben mejor que nadie que no tenemos ni tan siquiera derechos fundamentales si no somos capaces de pagarlos.

Y ese es un aprendizaje que no queremos asumir. Este tipo de gente quizás no deseen la independencia pero la asuman como el mal menor ante una sociedad que está haciendo añicos lo que ellos, con tanto esfuerzo y sacrificio, han construido. Probablemente no necesiten, en término estricto, una pensión, pues se han pasado la vida ahorrando para su jubilación; y, sin embargo, ven sus recursos amenazados a diario en los medios de comunicación, y tienen la certeza de que sus nietos no van a contar con ella. Suspiran resignados cada vez que requieren atención médica y tienen que atender eternas listas de espera, o ven cómo la vida prometida a sus hijos, con un empleo capaz de proveerlos de recursos suficientes para una existencia digna, se evapora ante los ojos de un mundo que cada vez avanza más deprisa y, ni ellos ni sus hijos logran entender. Claman ante un Estado confiscatorio que ha prometido seguridad a cambio de su libertad y se ven sin una cosa ni la otra.

Gritan, en forma de votos, que este no es el futuro que quieren para sus nietos. Y, sin embargo, la única alternativa que tienen a un sistema adulterado es el independentismo, con un coste que ni tan siquiera ellos conocen.

El voto sin alternativa es el que ha llevado a Mariano Rajoy a la Moncloa y a revalidar su presidencia. También, ha sacado a Reino Unido fuera de la Unión Europea. ¿Por qué no va a ser capaz de hacer que Cataluña sea un país independiente? Si somos muchos los ciudadanos formados e informados que ni entendemos ni estamos de acuerdo con un Estado confiscatorio y con afán de intromisión en todas las facetas de nuestras vidas, imagínense cuál tiene que ser la visión de una persona que ha vivido toda la vida exclusivamente de su trabajo y no conocen otra cosa que no sea la meritocracia y el esfuerzo. Su nivel de hartazgo ante demagogos, yonkis del Estado, corruptos y demás linces que aparecen a diario en los medios de comunicación tiene que alcanzar niveles máximos.

No podemos seguir permitiendo que menos del 1% de la población -los políticos -manejen a su antojo más del 40% del PIB de nuestro país; no podemos seguir permitiendo que los amantes de lo ajeno gestionen recursos que son de todos pero no pertenecen a nadie; no podemos seguir permitiendo políticas fiscales y monetarias cortoplacistas cuyo único fin es seguir creando dependencia del Estado, para mayor gloria de sus gestores.

En definitiva, no podemos seguir alimentando un Estado que ha adulterado la búsqueda del bienestar del ciudadano para buscar el bienestar de sus gestores. Los agricultores, viejos y catetos se han ganado nuestro respeto y nos muestran una bomba que, si no la desactivamos, antes o después estallará.

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