miércoles, diciembre 19, 2018

 

Suenan los tambores de guerra entre Estados Unidos y Europa. Tras lograr equilibrar la balanza con China, el gobierno de Donald Trump ha puesto el foco en Europa para lograr unas condiciones comerciales simétricas para el comercio internacional.

China partía de una situación de clara desventaja en la negociación con Trump. Por eso, a pesar de las sucesivas amenazas y la imposición de aranceles a productos estadounidenses, tuvo que acabar cediendo. Solamente hubo que esperar a que ocurriera lo que era predecible: La autoridad responsable del comercio internacional reportó en mayo el primer déficit de la balanza por cuenta corriente china de los últimos años. A partir de ahí, fue cuestión de días que las autoridades de ambos países se sentaran a negociar un acuerdo de mínimos que normalizara las relaciones comerciales.

Con Europa ocurrirá algo parecido. Principalmente, por tres razones:

En primer lugar, la economía europea es más dependiente del sector exterior y de las relaciones comerciales con Estados Unidos. En la Unión Europea el sector exportador supone un 33% del PIB, 21 puntos porcentuales más que el de Estados Unidos. De los 1.879 millones de euros exportados en 2017, el 20% tuvo como destino norteamérica.

En 2008, cuando comenzó la crisis financiera en Estados Unidos, el déficit comercial de bienes con la zona Euro era de 48.500 millones de euros. En 2017, esta cifra ascendió hasta los 120.000 millones. Solamente Alemania, Irlanda, Italia y Francia acumularon un déficit hasta abril de 2018 de 52.600 millones de dólares, el segundo más abultado después de China. Con la Eurozona manteniéndose en una situación prácticamente de equilibrio comercial desde 2013, acudir a razones como la depreciación del euro o el aumento de la competitividad para explicar el desequilibrio con Estados Unidos es, cuanto menos, objeto de duda.

En segundo lugar, porque Estados Unidos crece de forma sólida y equilibrada, incluso con la FED retirando estímulos monetarios, mientras en Europa las señales de desaceleración ya se hacen evidentes, y afectan especialmente a las grandes potencias económicas. Esta dinámica es especialmente relevante en un entorno en el que los indicadores de riesgo están maquillados por un volumen de compras que mantiene sedada a la economía. Ahora que el BCE retira los estímulos la vuelta a la realidad elevará los indicadores de riesgo de muchos países, y con ellos disminuirá la capacidad para financiarse en los mercados y su crecimiento potencial.

Y, por último, porque Europa parece no entender la naturaleza de la política comercial de Trump. Los aranceles al automóvil no tienen por objeto Europa en su conjunto. Estamos ante un instrumento de negociación agresiva que afecta directamente a dos de los cuatro países que mantienen el mayor déficit comercial con Estados Unidos: Alemania y México.

El país germano, el más afectado, podría ver amenazados casi 36.000 millones de dólares exportados en 2015 -último dato disponible -que suponen un 2,7% sobre las exportaciones totales del país y un 28,4% de las exportaciones a Estados Unidos. A lo sumo, Reino Unido e Italia podrían considerarse víctimas colaterales, aunque lejos de las cifras alemanas: 1,8% y 1,1% de sus exportaciones, respectivamente.

Frente a una situación localizada, tanto desde el punto de vista sectorial como geográfico, la Unión Europea sobrerreacciona y pone encima de la mesa todas sus cartas: una amenaza de establecimiento de aranceles por valor de 250.000 millones de euros -294.000 millones de dólares -o, lo que es lo mismo, prácticamente el 100% de las importaciones de productos procedentes de Estados Unidos -255.000 millones de euros en 2017.

Además de perder toda la capacidad negociadora, la Unión Europea está tirando piedras contra países muy dependientes del sector exportador, como son Bélgica u Holanda. Cuando las posturas se recrudezcan, se verán abocados a incrementar el abultado déficit comercial que mantienen con Estados Unidos y a una mayor desaceleración económica.

Cuando Trump renegocie el Tratado de Libre Comercio de América del Norte con Canadá y México, que lo hará, el sector automovilístico dejará de ser relevante y lo más probable es que ponga el foco en uno de los sectores más intervenidos y desequilibrados desde el punto de vista del comercio internacional de la Eurozona, el sector agrícola. Con la PAC gestionando una parte muy importante del presupuesto comunitario y construyendo capacidad excedentaria, especialmente en los países con menor nivel de productividad como España, la situación es muy similar a la de las empresas semiestatales chinas.

Sólo en España, al calor de la PAC se han incrementado un 80,3% las hectáreas dedicadas a explotaciones agrícolas entre el año 2003 y 2016, mientras que el valor agregado bruto del sector agrícola un 3,4%. Con una subvención otorgada solamente por cultivar tierras, el excedente de oferta se incrementa año tras año, y Estados Unidos está siendo el destino preferente para este exceso de oferta, que tenemos que vender a cualquier precio.

La PAC nunca fue una buena idea. La evolución positiva del sector primario agrícola de países como España nunca ha sido real, y tendremos que afrontar el ajuste de una forma u otra. Si seguimos protegiendo intereses nacionales frente a los comunitarios y sobrerreaccionando ante el pulso norteamericano, la agresividad del ajuste será mayor.

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