miércoles, julio 18, 2018

 

 

Una falacia no va a convertirse en realidad sólo por ser repetida en múltiples ocasiones y formatos. Incluso, si el mecanismo de transmisión es un medio de masas. Por mucho que les pese a los amantes del dinero de nadie, un aumento de la inversión pública en investigación, desarrollo e innovación (I+D+i) no nos va a permitir solucionar nuestro problema de competitividad.

Como en tantas ocasiones, acudir a entes abstractos para encontrar culpables de una situación creada por una mala gestión es la estrategia a seguir por la corriente socialista de nuestro país. Invertir o apostar en I+D+i es uno de esos entes. No son capaces de detallar con precisión qué hay detrás del traje de gala del que se habla en todo el mundo, pero hay que gastar más. Invertir en I+D+i, per se, no asegura lograr el camino al paraíso. Para que los recursos destinados a ello tengan retornos, es necesario que se traduzcan en ventajas competitivas en la economía, bien en forma de eficiencias, de barreras de entrada naturales a los mercados, etc.

Esto, que no recibe tanta publicidad en el mainstream tiene una denominación concreta y conocida por todos: patente. Es cierto que no es estrictamente necesario que todos los proyectos de I+D+i cristalicen en una patente, aunque sí que debemos considerarla una medida muy ajustada a la realidad a la hora medir el grado de eficacia de las políticas destinadas a la innovación en los distintos países.

La Oficina Europea de Patentes registró en 2017 165.590 peticiones de patentes, un 3,9% más que en 2016. Mantener investigadores públicos, bajo un contrato fijo y sin incentivos a la innovación real, es un ejercicio muy loable de solidaridad, aunque no va a provocar la orientación del modelo económico hacia la productividad que necesitamos. De las más de 165.000 peticiones, el 69% provinieron de grandes empresas, el 24% de pequeñas empresas e inversores individuales, y un raquítico 7% de universidades e investigación pública.

El 1,58% del PIB destinado a I+d+i en los Presupuestos Generales del Estado 2018 es una de las cifras más criticadas, por “estar lejos del 2% europeo”, lo cual es una verdad sólo a medias. El Top 8 de países por número de peticiones de patentes per cápita son: Suiza, Holanda, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Alemania, Austria y Bélgica. Excepto Holanda, los 6 países de la lista anterior pertenecientes a la Unión Europea lideran el ránking de inversión en I+D+i proveniente del sector privado. En ellos, la inversión privada supone un 68% de la inversión total en I+D+i de media, arrastrando sus economías a liderar también ránking de inversión total (incluyendo presupuesto público y privado):

www.economistadecabecera.es

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A la vista de los datos, no parece que lo que necesitemos para orientar el país hacia la senda del incremento de productividad vía innovación sea más gasto público. Más bien, debemos poner el foco en la atracción de empresas y en su crecimiento hasta formar grandes conglomerados orientados a la innovación. Informes de la Comisión Europea señalan a las startups tecnológicas como uno de los catalizadores más importantes a la hora de crear modelos de negocio disruptivos, capaces de evolucionar modelos económicos obsoletos y poco productivos. Una política orientada a la atracción de capital riesgo como mecanismo de financiación de estas compañías, junto con la eliminación de trabas burocráticas a la hora de incrementar el tamaño de las empresas capaces de evolucionar hacia grandes compañías es una de las verdaderas herramientas con las que cuenta el Gobierno si realmente quiere incentivar la I+D+i.

La fiscalidad desempeña un papel fundamental en este proceso, tanto para atraer empresas como para incentivarlas hacia la innovación. En su informe “A study on tax reform incentives” la Comisión Europea señala los créditos fiscales como una herramienta efectiva a tal efecto, siempre que cumpla tres condiciones: 1) Aplicadas a proyectos orientados a un producto o servicio novedoso, y no a replicar otro existente en el mercado; 2) aplicadas sobre la nómina del investigador, de tal forma que existan incentivos empresariales a los movimientos del mismo, con su consiguiente incremento en la retribución y generación de valor añadido adicional; 3) startups como uno de los targets más relevantes a la hora de aplicar el crédito fiscal.

La parte positiva de todo el ruido mediático que existe en torno a la I+D+i es que ya se ha creado el consenso en torno a la importancia del presupuesto público en la innovación del país. Un papel que se reduce al de árbitro y facilitador. Ahora solamente falta dar un paso hacia delante y parecernos realmente a los países líderes en innovación. Debemos dejar de pensar en subvenciones y demás incentivos perversos para crear figuras impositivas de éxito en otros países, como los activos fiscales en forma de devolución de impuestos en caso de incurrir en pérdidas, especialmente atractivos para incentivar la toma de riesgo de las startups.

El último elemento que a considerar a la hora de abordar este debate es el perfil del investigador. Debemos dejar de pensar en él como una persona con una bata blanca, encerrada en un laboratorio durante horas mientras hace cosas que solamente entienden los científicos. Las tres categorías principales en cuanto a solicitudes de patentes son la tecnología médica, las comunicaciones digitales y la tecnología computacional. Por supuesto que las áreas como la química, la industria farmacéutica o la biotecnología son importantes e incrementan la productividad de la economía, pero no son las únicas. Innovar es dar respuesta a necesidades insatisfechas en nuestra vida diaria, y el modelo de I+D+i debe mantener la atención puesta en todas las áreas de desarrollo.

Trasladar el foco desde la responsabilidad casi exclusivamente pública hacia un sistema privado, en el que los modelos de convivencia y competencia entre entes públicos (universidades, centro de investigación, etc.) y privados sean la norma, y no la excepción, es muy relevante a la hora de capturar todo el potencial de crecimiento que tenemos por delante.

La innovación no es una varita mágica. Es uno de los principales impulsores de crecimiento y prosperidad en el largo plazo, pero sus efectos en la economía no se hacen notar hasta pasados unos años. Debemos abordar el debate real en torno a la I+D+i y asumir una estrategia común a seguir en los próximos años.

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