lunes, agosto 20, 2018

 

 

Tan sólo quedan unas horas para que el futuro de nuestro país se decida. A las 10am, Carles Puidgemont tendrá la última palabra a la hora de decidir si lleva a Cataluña directa a la miseria o la encauza hacia la Comunidad próspera y saludable que históricamente ha sido.

Si, como parece, el máximo mandatario catalán permanece impávido ante los avisos que le llegan desde todas las instancias nacionales e internacionales, Mariano Rajoy activará el 155 con consecuencias imprevisibles.

Por un lado, la independencia no es ni será el bálsamo placentero que pintan sus dirigentes. El Estado catalán nacería con un déficit del 5% (cifra en la que, aproximadamente, confluyen la Generalitat y el Ministerio de Hacienda), además de todas las necesidades de financiación que a día de hoy se cubren con el FLA. O, lo que es lo mismo, un Estado en quiebra. Todo esto sin contar los efectos de las más de 500 empresas que ya han abandonado Cataluña desde el 1-0 y que, según la Organización profesional de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE), podrían provocar un descenso de más del 35% en términos de recaudación del Impuesto de Sociedades. Al ser este impuesto de gestión estatal, dichos recursos no tienen ningún impacto sobre la Hacienda española; sin embargo, dudo mucho que los planificadores independentistas descontaran una fuga de tal calibre de fondos en sus arcas públicas.

Y esto es sólo el principio. El órdago podría llevarse por delante miles de empleos, en caso de deslocalización total de las empresas, y un impacto directo a través de menores exportaciones por ser un territorio cerrado a la UE. Estaríamos, por tanto, ante una sociedad empobrecida a pasos agigantados y un Estado quebrado que solamente tendría una vía de dar respuesta a necesidades extraordinarias de sus ciudadanos: la impresión de moneda propia. Es decir, esto ya no se trata de seguir en el Euro o no por decisión de las instituciones supranacionales, sino que sería la propia economía catalana la que tendría que recurrir a una moneda virtual para pagar su deuda y poner en funcionamiento el sistema en su conjunto.

El lanzamiento de una moneda propia sería solamente la parte visible de un iceberg del que nadie habla y sobre el que pivota cualquier sistema actual: la confianza. Un Estado en el que nadie confía y que requiere lanzar de urgencia su moneda propia, sería conducido, inexorablemente, hacia el temido corralito. La fuga de depósitos, una moneda depreciada a nivel internacional y una clara situación de pánico bancario obligaría a las autoridades catalanas a cerrar el grifo bancario y controlar las retiradas de efectivo. Quien no crea que esto puede ocurrir en pleno siglo XXI que mire a Grecia hace no tantos meses.

Afortunadamente, este escenario de paro, ausencia de servicios públicos mínimos, pobreza y moneda devaluada es muy poco probable. Antes, el Gobierno activará el artículo 155 de la Constitución y tomará el control de la economía catalana y su población. Esta posibilidad, sin embargo, tampoco está exenta de riesgos. El Govern no se lo piensa dos veces a la hora de enviar a la población catalana cegada por la causa a que salga a la calle y genere el ruido mediático suficiente para tratar de recibir apoyos externos inesperados. Incluso en este contexto, y sin entrar a valorar el impacto social, la ciudadanía catalana va a sufrir. Las empresas no se han marchado fruto de un calentón, sino tras un proceso largo y meditado de reflexión en el que han decidido apostar por la estabilidad y la confianza económica. Esto significa que no van a volver. Aunque el Govern, tal y como está haciendo, ofrezca incentivos fiscales (bajadas de impuestos) y demás instrumentos públicos, la confianza en un Gobierno capaz de hacer saltar la Carta Magna por los aires y sacar adelante un proyecto tan serio como la independencia argumentando referéndum sin garantías y todo un sainete construido en forma de castillo de naipes carece de la confiabilidad suficiente para tomar una decisión empresarial de ese calado. Pónganse en la piel de los empresarios que se han ido. ¿Volverían a Cataluña, sabiendo que a merced de una minoría selecta, mañana pueden cambiar las normas sin ninguna garantía legal? Los empresarios catalanes opinan como usted.

La línea roja entre la independencia y la miseria es muy fina. Puidgemont, Junqueras y compañía están a tiempo de evitar malos tiempos para la ciudadanía sea cual sea el grado de agresividad que adquiera la situación tras la proclamación oficial de independencia (o, si quieren verlo desde otro punto de vista, tras la ausencia de negación rotunda). Una Cataluña con necesidades de financiación, sin estructura productiva capaz de absorber la mano de obra, sin inversión productiva y dependiente de entes externos para sobrevivir no la queremos nadie. Y, sin embargo, es hacia donde la están dirigiendo.

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