miércoles, noviembre 21, 2018

 

La primera fase del plan urdido por cualquier gobierno populista se está cumpliendo a rajatabla en Italia. Tras varios bandazos de su ejecutivo -amenaza de abandonar el euro e impagar la deuda incluidos -y una orientación clara al despilfarro, Italia ya es considerado uno de los principales riesgos de la zona euro.

En su último informe de perspectivas para la eurozona, la Comisión Europea recortó las estimaciones de crecimiento para el país transalpino en 0,2 puntos porcentuales en 2018 y 0,4 puntos porcentuales en 2019, estimando un crecimiento del 1,1% para ambos años. La amenaza de incumplimiento de los acuerdos presupuestarios, la falta de una estrategia clara de gobierno y la inestabilidad institucional son las principales razones esgrimidas.

Los populistas italianos creen estar retando a la Unión Europea lanzando brindis al sol con incrementos de gasto que podrían ascender hasta los 30.000 millones de euros anuales. La realidad es que están luchando contra sí mismos. El déficit adicional estimado por Fidentiis asciende a 138.000 millones de euros, y no será la UE quien lo abone con los intereses correspondientes, sino sus ciudadanos.

La segunda fase de cualquier proceso de involución ya está puesta en marcha: acudir a enemigos externos etéreos como principales responsables de un desastre que han causado ellos. El primer enemigo férreo es la Unión Europea y el -inexistente -austericidio.

Europa no es responsable del desastre que se avecina en Italia. Ningún miembro de la UE ha obligado a los políticos italianos a lanzarse al despilfarro, incrementando el gasto público un 47% desde el año 2000, hasta alcanzar los 830.111 millones de Euros -49,4% sobre el PIB -en 2016. Si evaluamos a dónde ha ido a parar ese dinero, encontramos planes de estímulo, recursos para garantizar el estado de bienestar, y todo un sinfín de pamplinas que han enterrado la capacidad de prosperar del país.

El PIB per cápita, desde la entrada de Italia en el Euro, se ha incrementado un 29,8%; en los 17 años anteriores al año 2000, un 156%. Mientras, la deuda pública galopa hacia el 132% del PIB, experimentando un notable incremento del 70% en términos absolutos desde dicho año, y sin perspectivas de cambio en el medio y largo plazo.

Dicho de otra manera: los italianos ven cómo les arrebatan coercitivamente sus rentas presentes y futuras, en una espiral en la que el Estado engulle la actividad económica y hace vulnerable al país ante cualquier shock internacional. Como no puede ser de otra manera, la frustración entre la ciudadanía es notable. Mientras el estado sigue engordando a la gallina bajo una promesa de seguridad que nunca cumplirá, familias y empresas se ahogan a impuestos formando un sistema insostenible.

Italia ocupa el puesto número 46 en el ránking doing business elaborado por el Banco Mundial. Por situarlo en términos relativos, España ya es un país con claro margen de mejora para el sector privado y ocupa el puesto número 28. El índice de libertad económica, elaborado por la Fundación Heritage, lo sitúa en el puesto 79, precedido por Namibia y seguido por Paraguay y Sudáfrica.

Nuestros vecinos ostentan el dudoso honor de ser el tercer país de la OCDE en términos de brecha fiscal y el líder absoluto en Europa en tributación a empresas.

Un trabajador italiano sin hijos abona el 47,7% de su sueldo bruto en cotizaciones a la seguridad social e IRPF. La media de la OCDE es del 35,9%. En Irlanda esta cifra desciende hasta el 27,2%.

La visión desde el lado del empresario es escalofriante: Casi el 65% de su beneficio operativo destinado a cuadrar cuentas con el fisco, si tenemos en cuenta la amalgama de impuestos que tienen que soportar más allá de la tributación por sociedades.

En definitiva, un infierno fiscal en el que la voracidad del aparato estatal no conoce límites. El populismo surge en Italia porque familias y empresas soportan los efectos del intervencionismo desmesurado mientras sus políticos son incapaces de equilibrar unas cuentas públicas que presentan déficit crónico. En eso también son campeones. Han hecho pleno desde 1997.

La pérdida de peso de Italia a nivel internacional no es porque Europa les ataque, tal y como acusa Salvini. Su problema son unos políticos incapaces de aportar la dosis de liderazgo que les exige el país, y una economía que continúa perdiendo competitividad e incrementando desequilibrios. Las exportaciones italianas muestran exiguos crecimientos durante años en los que el comercio internacional está en auge. Su mercado de trabajo no ha mejorado desde la entrada en el Euro. En el 2016 había 2,6 millones de parados y en el tercer trimestre de 2017, último dato reportado por Eurostat, 2,7 millones.

Italia se ha convertido en uno de los principales riesgos de la eurozona porque ha tergiversado la naturaleza del Estado. Cuando sus dirigentes políticos comprendan que los impuestos son consecuencia, y no causa, de la actividad económica, la economía transalpina volverá a la senda que la convirtió en una de las potencias europeas. El tipo de IRPF fijo del 15% es un buen comienzo, aunque más bien se trata de una simplificación del impuesto que de una rebaja.

Seguir con una senda de despilfarro generalizado, en un entorno contractivo en términos de política monetaria como el que se avecina es la receta perfecta para la quiebra del país. En 2017 Italia era el segundo país con mayor volumen de activos adquiridos por parte del BCE ponderados por el PIB. Y aun así el coste de su deuda -3,8% -prácticamente duplicó la media europea.

Cuando el QE acabe y el BCE suba los tipos de interés las tensiones financieras volverán e Italia no habrá hecho los deberes. La banca italiana mantiene en balance más de 220 billones de euros en créditos de dudoso cobro -10,8% sobre el total de crédito -tras varios años de expansión económica.

Entonces, la prima de riesgo y los seguros de impago de la deuda italiana -CDS -se dispararán, y los populistas intentarán convencer al ciudadano de que la culpa es de Europa. Y sí, Europa será corresponsable, pero solo de permitir a los socios italianos socavar la prosperidad económica en el largo plazo. Los italianos viven en un ambiente de frustración y voto protesta que solamente lleva a despropósitos en forma de voto. Populismo en estado puro.

Ya estamos viendo los primeros coletazos de lo que le puede ocurrir a nuestros socios. Los inversores internacionales han acelerado el ritmo de salida de sus carteras de la deuda italiana, que en junio registró una reducción neta récord de 38.273 millones de euros, superando en un 13,5% el recorte de 33.703 millones del mes anterior, que ya había supuesto entonces la mayor caída mensual recogida por los datos del Banco Central Europeo (BCE). Este ajuste en la exposición de los inversores extranjeros a la deuda italiana coincide con la renovada incertidumbre política en el país transalpino a raíz de la formación de un Gobierno de coalición entre los partidos populistas del Movimiento 5 Estrellas (M5S) y la Liga.

Italia está instalada en el servilismo democrático. Los sucesivos gestores gubernamentales compran votos con dinero público. De esta forma, además de generar dependencia estatal, el descontento aumenta y pueden volver a proponer… gastar y regular más.

Todo, para proteger un estado de bienestar que finalmente destruyen.

 

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