lunes, junio 1, 2020

 

La evolución de los mercados descuenta una crisis. Los desplomes generalizados en los últimos días reflejan el desarme de posiciones de riesgo, mientras la rentabilidad de los bonos norteamericanos, alemanes o australianos muestran una explosión en la demanda de activos refugio. Dicho de otra manera, los mercados actúan en una situación de shock financiero y guardan la ropa por lo que pueda venir en los próximos meses.

Han sido muchos los organismos multilaterales y casas de analistas que han advertido hasta la saciedad de los desequilibrios acumulados en muchas economías desarrolladas.

Por desgracia, hay tantos avisos como empresas y gobiernos que los han ignorado. Ahora comenzaremos a ver los efectos de una política monetaria que ha tapado los desequilibrios y ha adulterado los precios como los indicadores más fiables de la situación de los mercados.

Lo que va a ocurrir en los próximos meses se va a estudiar en los manuales de economía. Nos enfrentamos a una crisis en dos fases, en la que una de ellas (la segunda) ya la vivimos en 2008.

El mundo desarrollado afronta un parón económico. Full stop. Esto significa que las empresas dejan de recibir ingresos de un día para otro pero tienen que seguir atendiendo las nóminas de sus empleados, el vencimiento de sus préstamos financieros y el de las facturas de sus acreedores comerciales con lo que tengan en la cuenta corriente

El motor económico se ha gripado. Ha parado, sin avisar, y en medio de la jornada laboral. Y, ante una situación límite, es donde entra en juego la responsabilidad individual y la credibilidad.

Cualquier ciudadano, ante una crisis así, lo primero que hace es mirar su cuenta corriente a ver con cuántos fondos cuenta para afrontar este gasto imprevisto, y lo segundo llamar a sus jefes o clientes para informarles de que va a tener que afrontar unos días extraordinarios. Si nuestro ciudadano imaginario ha ahorrado durante años y es un profesional ejemplar, que siempre ha cumplido con sus compromisos, el shock se quedará en anécdota. En caso contrario, las dificultades surgirán como duendecillos irlandeses en su vida.

Lo mismo pasa con la situación actual. La crisis de liquidez es inminente e inevitable. Lo único que podemos hacer es amortiguar el impacto en la medida de lo posible. La recuperación, tras el shock inicial, no será en «V». En el mejor de los escenarios será en «L», pero para eso los responsables políticos necesitan herramientas adecuadas y el diagnóstico adecuado.

Ante un problema de oferta, las medidas han de ser de oferta

 

Sin margen para la política monetaria

Hace sólo unos días hemos visto cómo los mercados europeos se desplomaban ante un BCE que, sencillamente, no cumplió con las expectativas. La FED ha incrementado un 50% el volumen de compra de activos intradía (de 100.000 millones a 150.000 diarios), ha lanzado un nuevo QE ilimitado y ha reducido los tipos de interés al 0%; el Banco de Inglaterra, por su parte, había hecho lo propio reduciendo también medio punto los tipos de interés.

Pero el BCE “sólo” activó un programa de compras de 750.000 millones para los próximos 9 meses, lo cual supone 80.000 millones de euros mensuales inyectados en la economía. Un movimiento, al parecer, insuficiente para un organismo que se dirige a ser el 45% del PIB europeo y ya tiene los tipos de interés en el -0,5%.

De esta forma se consuma por enésima vez lo que llevamos observando años: los bancos centrales han hecho saltar por los aires su principal objetivo (mantener la inflación por debajo, aunque en niveles cercanos, al 2%) para saltar, directamente, a los mercados financieros.

Algo que recordaremos en no muchos meses, cuando, tras el parón microeconómico (familias y empresas), venga una nueva reacción en los mercados financieros. Ya hay bancos y fondos de inversión que están alertando sobre la rebaja que van a sufrir muchos de los activos financieros, así como sus colaterales. Dicho de otra manera, los activos inmobiliarios volverán a ver desplomado su valor, las empresas tendrán que declarar provisiones multimillonarias, y la “burbuja del todo” que se ha ido formando durante los últimos años pasará a la historia como lo que es: un fraude.

La consecuencia de la Fase 2 de la crisis ya la conocemos. La vimos en 2008, cuando quebró Lehman Brothers: Mercados financieros secos, desconfianza e imposibilidad de que el crédito fluya hacia la economía real.

Las predicciones apuntan hacia una debacle: Goldman Sachs apunta hacia caídas de doble dígito en prácticamente todo el mundo desarrollado en el segundo trimestre, con Europa a la cabeza. De manera similar se expresaba Deutsche Bank en sus últimas previsiones, y los datos adelantados tanto de producción industrial en Europa como de peticiones de desempleo a ambos lados del Atlántico confirman los peores presagios

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Las amenazas de crisis cristalizan, se aceleran, y las herramientas, monetarias y fiscales, escasean.

Nos hemos hecho adictos a la morfina monetaria, y ésta ya no hace efectos. Así que la ilusión monetaria (atesorar una mayor riqueza vía valoración artificial del patrimonio) va a pasar a ser una pesadilla muy real.

En los próximos meses la economía global, y muy especialmente la Unión Europea, va a ahondar en la polarización económica. Por una parte, veremos a países comprometidos con la responsabilidad fiscal durante los últimos años tener capacidad de reacción para contener la Fase 1 y acercarse lo máximo posible a la recuperación en forma de “L”. Y, por otra, veremos economías incapaces de corregir sus desequilibrios presupuestarios y afrontar sus reformas estructurales cuya única baza será esperar a que los organismos supranacionales y sus acreedores internacionales depositen, por enésima vez, su confianza en ellos.

Veremos, en definitiva, mercados abiertos aunque con restricciones en el primer caso e incapacidad de financiación en el segundo.

 

Soluciones distintas para un problema distinto

La única forma de que la economía global no vuelva a 2008 es actuar de forma decidida para mejorar la liquidez de las empresas. Hay que asegurar el mantenimiento del empleo y capacidades coyunturales de pago de deudas financieras y acreedores comerciales.

Una vez detectado el problema la solución pública debería ser inmediata: Exenciones temporales de impuestos y servicios públicos (luz, agua, etc.), aplazamiento de los tributos más importantes (IVA e IRPF, fundamentalmente) hasta 24 meses, flexibilidad en los EREs y ERTEs, avales para que las empresas solventes puedan reestructurar préstamos, y mecanismos de colaboración público-privados para el establecimiento de préstamos al 0% por valor de las necesidades de circulante de las empresas.

Un buen ejemplo es Alemania, que ha puesto a disposición de sus empresas avales y líneas de financiación por valor de 500.000 millones de euros (el 15% de su PIB), o Italia, donde el 80% de su plan de estímulos gira en torno a reducción y aplazamiento de impuestos.

Claro que para hacerlo de forma tan decidida como Alemania es imprescindible haberse comportado como ellos durante los últimos años: superávit público en los últimos 6 años y una deuda pública que acabará 2019 por debajo del 60% del PIB, cumpliendo así con los criterios de Maastricht.

La principal diferencia con respecto a 2008 es la existencia de una parada económica mundial previa. Un shock que se agravará cuando la economía de servicios (hostelería, turismo, etc.) comience a levantarse y observemos los problemas que va a generar China, el mayor exportador de bienes intermedios, sobre las cadenas de suministro de un sector industrial que ya estaba en recesión antes del coronavirus.

A partir de ahí lo que va a ocurrir es un calco de lo que vivimos en 2008: mercados financieros cerrados y la economía mundial clamando por reformas estructurales que algunos tratarán de disfrazar de mayor intervencionismo público.

Hasta que Europa se ha mostrado incapaz de contener el coronavirus, el asunto se reducía a un shock de oferta y una interrupción en las cadenas de producción. Ahora es un motor gripado que puede impactar hasta en el único recoveco a nivel microeconómico. Quebrarán empresas y se destruirá empleo. Si las autoridades se conforman con volver a las mismas medidas de los últimos años e incrementar su cuantía, la poca actividad que quede en esta primera fase será arrasada en la segunda. Y no podemos tropezar con la misma piedra.

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