sábado, octubre 24, 2020

 

Vivimos tiempos extraños. Muchas veces parece más importante la declaración pública o lo que recogen los medios de comunicación que la efectividad de las acciones propias y de terceros. No seré yo quien confirme o desmienta el cambio climático, o la “emergencia” climática como algunos quieren denominarla ahora. Para eso están los expertos. Pero sí que creo que, sea lo que sea lo que esté ocurriendo, el enfoque que le estamos dando sólo usa la cuestión climática para justificar más intervencionismo y estatismo.

Lo más positivo de la Cumbre del Clima que se está celebrando estos días en Madrid es, sin duda, el elevado retorno económico que está generando en la región. Consecuencia, todo sea dicho, de varios años de apuesta decidida por un modelo económico y de convivencia liberal, que ha puesto a la capital de España en boca de los organizadores de grandes eventos mundiales. Este tipo de cosas nos deberían enseñar que los modelos económicos que se muestra exitosos se siguen, no se persiguen. Y el liberalismo es, sin duda, el referente por antonomasia. Para la economía familiar, para Madrid, para España, y para afrontar el reto climático.

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Estados Unidos no firmó el acuerdo de París en 2016. Ya con Trump en la presidencia, el gigante norteamericano fue duramente criticado por su falta de solidaridad, y por un modelo económico que atenta contra el medio ambiente. Pues bien, dicho tratado no parece que haya surtido mucho efecto, vistas las palabras y las cifras que se manejan estos días en la COP25. Lo que sí que ha dado resultado es la migración progresiva hacia un modelo económico que abraza la ola digital y permite que las empresas obsoletas y contaminantes se queden por el camino. Por eso, Estados Unidos ha sido el país que más ha reducido sus emisiones de CO2 desde el año 2007. Otro ejemplo más del proceso de destrucción creativa que, realizado en su debido momento, provoca enormes beneficios de una manera natural.

China concentra el 27% de las emisiones

China, por cierto, este año ha reafirmado su compromiso con el acuerdo de París. Y, frente a bonitas palabras sujetas a interpretaciones, las cifras hablan por sí solas.

La realidad es dura con los que se llenan la boca con la emergencia climática. El 72% de las emisiones de CO2 se concentran en 15 países. Entre ellos, solamente hay un europeo (Alemania), que supone el 2,2% de las emisiones a nivel mundial. Mientras, un solo país (China) concentra el 27% de las emisiones, lo mismo que la agregación del resto de países del planeta.

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La energía, el sector más intervenido

Todos están de acuerdo con el desarrollo sostenible. Cualquiera coincide con cuestiones tan vacías como: “¿Está usted de acuerdo en que el crecimiento económico tiene que ser compatible con la conservación medioambiental?” Pero la realidad es que un tercio de los españoles afirma que no pagaría ni un euro más por adquirir un coche eléctrico frente a las alternativas diésel o gasolina.

En España sabemos muy bien qué ocurre cuando el intervencionismo llama a la puerta de un sector económico, sea cual sea la excusa. Basta recordar, en verano de 2018, el globo sonda que lanzó Pedro Sánchez contra los vehículos diésel. ¿Resultado? 93.226 vehículos matriculados hasta noviembre de 2019, frente a los casi 105.000 que había para el mismo período de 2017. En Libre Mercado llevamos advirtiendo durante todo el año del ajuste que estaba sufriendo el sector.

El sector energético es uno de los más intervenidos de nuestra economía. Casi el 60% de la factura de la electricidad y en torno al 50% de los carburantes son, directamente, impuestos. Esto supone una desventaja competitiva relevante de nuestras empresas, y pérdida de poder adquisitivo para las familias españolas. España suele ocupar puestos elevados en los ránking europeos en asuntos fiscales o regulatorios. En el coste energético, como no podía ser de otra manera, también somos el quinto país más caro según Eurostat.

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El ‘Green New Deal’

En este contexto, Pedro Sánchez presentó hace ya unos meses anteproyecto de Ley de Cambio Climático, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 y la Estrategia de Transición Justa. Fue un plan poco creíble y sin apenas contenido, por lo que generó más ruido mediático que político. Por ello, en la Cumbre del Clima, ha buscado el respaldo de Europa para su Green New Deal.

Una hoja de ruta que ni es Green, ni es New, ni es Deal. Va a ser el enésimo plan de estímulo para una Eurozona que, tras más de 4 billones de euros inyectados por la Comisión y el BCE, ya tiene países en deflación. Y, por supuesto, todo un elenco de nuevas trabas a empresas y a sectores clave, como el de la construcción, que acabaremos pagando todos. Basta ver el ajuste en bolsa de las energéticas durante la primera sesión de la Cumbre del Clima para ver el riesgo real que están asumiendo grandes compañías de un sector estratégico.

El sector de las renovables en España aún no se ha recuperado de la última oleada de subvenciones que crearon gigantes al borde de la quiebra, y desde el Gobierno, ya están intentando crear otro plan similar.

Los expertos son claros al respecto. La transición energética debe tener en cuenta tres pilares fundamentales: una mayor eficiencia en el consumo de recursos, la productividad del tejido empresarial y la seguridad en el suministro.

En el mundo genial de los anteproyectos de ley de Sánchez, España nunca se nubla ni deja de soplar el viento, pero en la realidad sí que ocurre, y eso provoca una caída en el sistema de alimentación eléctrica. Por tanto, la seguridad en el suministro se ve amenazada y por ende, la productividad de las empresas.

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El Papa ataca a las nucleares

Y, en medio, se queda la nuclear, que recientemente ha sido atacada por el Papa. Probablemente, una de las fuentes de energía más seguras, a un coste competitivo, especialmente las de ciclo combinado. Pero, por encima de todo, que garantiza la seguridad del sistema. De hecho, el informe de expertos que el año pasado elaboró una propuesta para el plan de transición energética para España la declararon como necesaria para los momentos pico de demanda y/o valle de oferta.

La transición energética tiene que ser ordenada, competitiva y respetuosa. No sólo con el medio ambiente, sino también con las generaciones futuras. Si al fracaso tecnológico le añadimos un nuevo traspiés medioambiental, la Unión Europea será un capítulo más en la asignatura de historia de nuestros hijos. Es momento de estar a la altura y eliminar la política de algunos debates que no la necesitan. Contra el reto climático, una regulación clara, predecible, y con incentivos a la inversión privada y a la innovación tecnológica. El resto, son redes clientelares encubiertas y un mayor coste para el ciudadano.

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