viernes, diciembre 4, 2020

 

Cuando nació internet, en 1983, muchos le auguraron una vida larga y productiva. Pero muy pocos eran conscientes de la verdadera disrupción que esta tecnología iba a suponer en el orden económico, social y político a nivel mundial. Si el petróleo fue la madre de todas las batallas en el siglo XX, los datos serán el principal elemento de dominio geopolítico mundial en el XXI.

De hecho, hay algunos autores, como Alvin Toffler, que ya en 1994 hablaban de la “alquimia de la información”: una sociedad en la que la ola digital está llamada a convivir con la agrícola y la industrial, algo que no se ha producido nunca en la historia de la humanidad. Y, en ella, las grandes cadenas de producción y las enormes estructuras burocráticas de empresas multinacionales y gobiernos serán reemplazados por la principal fuente de crecimiento: la creatividad de individuo. De hecho, a lo largo de su libro, el autor llega a afirmar que “el conocimiento reemplaza tanto a los recursos como al transporte”, elementos fundamentales en la economía que estamos dejando atrás, o que “el capital humano ya ha sustituido al capital monetario”.

El petróleo ha sido un recurso tan valorado por poseer dos características fundamentales. La primera es que ha sido la fuente de energía por excelencia de los grandes avances tecnológicos. La segunda, que es un recurso escaso y localizado, por lo que no todo el mundo ha podido acceder a él ni explotarlo.

La ola digital, sin embargo, rompe con todas esas barreras. El recurso que, de facto, ya está dominando el mundo –recuerden que la guerra comercial entre Estados Unidos y China tuvo su punto álgido en las restricciones a Huawei –es generado por cualquier individuo, y existe allá donde exista la vida. Todos generamos datos en nuestro día a día; los fenómenos meteorológicos también generan datos; los textos, las transacciones financieras… todo genera datos.

La gran batalla del siglo XXI es ser capaces de transportar, extraer, organizar y analizar esos grandes volúmenes de datos para generar un valor adicional.

 

La gran batalla del siglo XXI es ser capaces de transportar, extraer, organizar y analizar esos grandes volúmenes de datos para generar un valor adicional

 

Y en ese camino están las Big Tech. Alphabet (matriz de Google), Facebook, IBM o Amazon son las empresas más valoradas del mundo precisamente por su capacidad de dotar de valor al elevado volumen de datos que circulan por sus plataformas. Son, junto a Apple, las que están luchando por mantenerse por encima de la barrera del billón de dólares de capitalización bursátil, algo nunca visto hasta el momento.

Su modelo de negocio es claro: Generar elementos de interés para el consumo masivo (motor de búsquedas, red social, grandes centros de distribución, etc.) y ser capaces de dar valor a los datos generados en sus plataformas para mejorar la vida de sus clientes. Google o Facebook viven exclusivamente de su publicidad, a pesar de sus intentos por entrar en nuevos mercados. En 2018 Google ingresó 136.819 millones de dólares, de los cuales el 85% provino de su negocio de publicidad digital. Facebook, por su parte, ingresó un total de 55.838 millones de dólares, de los cuales más de 55.000 (el 98%) provino de la publicidad digital.

Netflix, otro de los agentes más relevantes en el hipersector, también acudió a la transformación digital para competir (y desbancar) a los videoclubs tradicionales. Es conocido en el sector la subasta pública del millón de dólares para el programador que fuera capaz de desarrollar el algoritmo que ahora es la verdadera ventaja competitiva de la compañía.

Dicho de otra manera, la ola digital ha permitido reinventar negocios que se consideraban maduros y configurar grandes agentes a nivel mundial. El mercado de publicidad digital a principios de los 2000 no existía, y en 2018 ya superó los 256.000 millones de dólares. Y esto no ha hecho más que empezar. Algunos analistas, como eMarketer, estiman un mercado que podría duplicar su valor en regiones clave como China.

 

Oportunidades en el sector tecnológico

La ola digital se traslada a los mercados, y nada tiene que ver con la burbuja puntocom de principios de los 2000. El índice sectorial IT del S&P 500, que acumula la capitalización de las principales empresas norteamericanas del sector, se ha quintuplicado desde el año 2010. Incluso en el año 2019, en plena desaceleración económica mundial, el incremento ha  sido del 50%, hasta el entorno de los 1.500 puntos básicos en los que se mueve actualmente.

Todd Gordon, fundador de TradingAnalysys.com, afirma, de hecho: “En los últimos meses hemos visto un mercado que ha permanecido en paralelo, a pesar de la acumulación de malas noticias”, para apostillar en CNBC: “Es hora de que tome un impulso al alza”.

El negocio de la era digital no ha hecho nada más que empezar. Debemos tener en cuenta tres factores relevantes en el análisis fundamental del sector:

  • Cada vez hay más clase media en el mundo. Y, además, una clase media más joven. Los nativos digitales conocen internet, y, por lo tanto, la mayor efectividad de los anuncios de internet seguirá sobreponiéndose a los grandes medios de masas a la hora de elegir por parte de las agencias publicitarias.
  • Estamos hablando de empresas que han aprendido de los errores de sus predecesores, y actúan en consecuencia. Google y Facebook mantienen en caja casi 150.000 millones de dólares, el equivalente al PIB de países como Kazajistán o Hungría, con los que podrían desarrollar procesos de reestructuración de forma ágil, si fuera necesario.
  • Su necesidad de inmovilizado tangible es baja. Frente a las empresas de infraestructuras, o las empresas de telecomunicaciones, las grandes compañías de internet no tienen esas elevadas necesidades de inversión y, por lo tanto, tienen más capacidad de ajuste y, lo que es más importante, pueden mover sus operaciones a nivel mundial con facilidad.

Dentro de las tecnológicas, la apuesta pasa por dos sectores fundamentalmente: El primero es la Inteligencia Artificial (IA), un mercado incipiente, valorado en 24.000 millones de euros, y que crecerá a un tasa media acumulativa del 36,2% anual, hasta los 208.000 millones de euros; y el segundo son las empresas de infraestructuras tecnológicas, entre las que destacan las empresas de telecomunicaciones, con un mercado maduro, aunque con elevadas posibilidades de monetización de las inversiones en redes de ultra banda ancha inteligentes ya desplegadas.

El mayor riesgo pasa por la incertidumbre regulatoria que sobrevuela al sector

Al igual que las mayores empresas petrolíferas han evolucionado desde el sector privado hacia grandes conglomerados gestionados directamente por el sector público, o con una elevada participación, la importancia estratégica de las grandes tecnológicas les pone en la diana. China es un excelente ejemplo, con una empresa prácticamente estatal (Huawei), que ha creado ya la red de telecomunicaciones más avanzada del mundo para abordar el reto tecnológico.

Ya estamos viendo disputas internacionales por el control de los datos. No en vano, la semana pasada Donald Trump amenazó al gobierno de Francia con el establecimiento de aranceles por valor de 2.500 millones de dólares como respuesta a la tasa Google que ha aprobado el país galo.

Por supuesto que la privacidad, la ciberseguridad o la gestión de los datos nos preocupan a todos. Pero el sector tecnológico se enfrenta al riesgo de que esto sirva como excusa para sobrerregular el sector y que finalmente perdamos todos. Ciudadanos, y grandes compañías. Los debates sobre la fiscalidad, o la regulación monopolística ya están encima de la mesa.

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