lunes, noviembre 12, 2018

Con este post finalizo mi panorámica sobre la España post 20-D. He recibido correos recordándome algunos temas, con cierta importancia, que no he tocado. Solamente decir a todos los lectores hambrientos de propuestas que habrá espacio en este blog para todos vuestras peticiones, aunque por motivos de pedagogía y/o interés general, no los abordaré en esta colección de post. Hemos hablado de finanzas, de mercado de trabajo, de sector público, de política europea, y de educación, ejes clave para la competitividad a largo plazo del país y su crecimiento.

Sin embargo, sería hipócrita no centrar la atención en que todo lo tratado en este blog se haga de forma sostenible y responsable con el medio ambiente. Este es un tema de moda en los medios de comunicación masivos, en su intento de deslegitimar a Podemos de cara a las elecciones generales, usando para ello todas las ramificaciones que surgieron en las autonómicas. Sin embargo, no es nada nuevo.

Creo firmemente que un porcentaje elevado de la población está más que concienciada de la importancia de cuidar el medio ambiente y del impacto que tienen sus actividades cotidianas sobre el planeta. Sin embargo, los incentivos para modificar dichos hábitos pensando en la sostenibilidad del planeta tienden a cero para todos los agentes económicos, tanto empresas como familias.

De nada sirve aumentar la partida de subvenciones a las renovables en los presupuestos generales. Tras años de despilfarro consentido dichas tecnologías continúan siendo ineficientes, y, por tanto, deficitarias. ¿Qué incentivo tiene Iberdrola (por poner un ejemplo) para migrar su producción hacia energías renovables? La cuantía de la subvención es independiente de la cantidad de energía producida y/o distribuida de forma limpia; y, sin embargo, la inversión en capital es el único término cierto en un negocio en el que la probabilidad de lograr rentabilidades negativas es alta. Es decir, si invierto puedo ganar (ingresos menos gastos) menos dinero que si no invierto y, además, asumo más riesgo. ¿Alguien me puede explicar cuál es el incentivo para producir más cantidad de energía renovable? Los incentivos fiscales en forma de bajadas de impuestos ante determinadas condiciones, por su variabilidad en la ejecución (si no logras el resultado, no cobras, además, de forma unitaria); prescripción proactiva por parte del Gobierno; o nuevos modelos de organización de la vida laboral (teletrabajo, jornada continua, etc.) son solamente algunas medidas que incentivarían con claridad un crecimiento sostenible de la economía, siempre que sean los agentes privados quienes tomen las decisiones óptimas en base a su actividad.

Y es que, aunque mucha gente aún no quiera asumirlo, la mayoría de las decisiones que se toman en masa tienen su base en fundamentos económicos. El incentivo es el dinero, aún siendo conscientes que existen pequeños colectivos movidos por ideales.

Si a una familia le rebajas el IRPF un 40%, en función de la eficiencia energética de su inmueble, es más posible que en la próxima casa que se compre o en la obra que haga en la propia pregunte por el famoso certificado energético, e incluso esté dispuesto a añadir la variable energética en su decisión de compra. Muy fácil: si logro breakeven (recuperación de la inversión) en un horizonte de tiempo razonable (pongamos 5 años), y, además, sé que contribuyo a cuidar el medio ambiente, ¿Por qué no hacerlo? Si, por el contrario, pago lo mismo por un hogar eficiente que por uno ineficiente, me centraré sola y exclusivamente en otros aspectos del hogar (estética, ubicación, etc.)

Si a una gran empresa la reduces su factura fiscal por adoptar un plan de teletrabajo, por el cual un porcentaje solamente deberá acudir a la oficina 2 ó 3 veces por semana, puedo asegurar que la polución en ciudades como Madrid se reducirá considerablemente. Medidas de este tipo producen una reacción en cadena sobre múltiples costes de la empresa (electricidad, compensación por jornada partida, etc.)

Una petrolera, una productora/distribuidora de electricidad, o una automovilística tienen mucho que perder (por poner un ejemplo que conocemos todos) con el coche eléctrico. Renunciar a miles de millones, recurrentes, que logras por tu negocio core para adentrarte en un nuevo ecosistema que desconoces es, sencillamente, un error en la cabeza de cualquier gestor que se precie. Hasta que el impacto sobre las cuentas anuales no sea relevante, y/o hasta que se produzca una explosión en el sector, es imposible que este tipo de tecnologías funcionen.

Los incentivos fiscales (aplicados a familias/comunidades) tendrían algún efecto aunque no de tanta dimensión como en otros aspectos; sin embargo, la creación de entidades participadas públicamente (aunque gestionadas de forma privada), con unos objetivos y tiempo de retorno de la inversión claros, podría ayudar a masificar tecnologías sobre las que hoy existen dudas. Estoy seguro de que un holding participado por una eléctrica, un distribuidor de combustibles, un productor de automóviles y el Estado(pongo los principales actores de la cadena de valor, aunque podrían coexistir más, o menos), además de crear empleo, sería una herramienta adecuada para dar un salto adelante en competitividad y nuevas tecnologías eficientes.

Y hasta aquí mi visión personal de las elecciones que están a la vuelta de la esquina. En breves, los amantes de este país estaremos abrumados de programas electorales que no nos creemos por razones diversas. El ejercicio del voto es un reconocimiento a todas las personas que han luchado por nuestra libertad y por la democracia; debemos ejercerlo con responsabilidad y coherencia. No toda la vida pública gira en torno a la economía, aunque la mayoría de las decisiones sí que deberían tomarse teniendo en cuenta criterios económicos. Cualquier otro camino aboca a la bancarrota y, en último término, a pérdida de bienestar.

Como he repetido en incontables ocasiones, asistimos una época histórica apasionante. Los extremismos se hacen hueco en una Europa dominada por el estado de bienestar y debemos evitar repetir errores pasados. Una economía saneada, que crea competitividad, riqueza y puestos de trabajo es la base para lograrlo.

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4 Comentarios

Guillen 19 noviembre, 2015 at 7:56 am

En una asignatura de Sociología conocí la teoría de Sistemas de Niklas Luhmann. Venía una aplicación práctica para explicar el problema de la ecología. La ecología funciona con un sistema diferente a la economía y esto significa que utilizan lenguajes diferentes, están condenadas a no entenderse. Solo con un cambio radical de la sociedad, en el que esta se guiara por un lenguaje ecológico y no económico, podríamos solventar el problema. Eso, o que lleguemos al punto de que económicamente la situación ecológica sea desastrosa. Mientras tanto solo asistiremos a parches estéticos. En el fondo, la actividad humana es esencialmente insostenible para el medio ambiente, lo lleva siendo desde que nos expandimos por el planeta, y estamos acelerando esa relación insostenible. No es ya el cambio climático, es que nos hemos cargado tantas, tantísimas especies en 100.000 años que poco más y nos podremos considerar como la sexta macroextinción del planeta. Y el planeta tirará para adelante, seguro, entre otras cosas porque ha salido de situaciones peores y porque el petróleo inevitablemente se acabará. Pero hasta entonces seguiremos al mismo ritmo o más porque el lenguaje social es el económico, algo que tiene lógica: estamos aquí unos 80 años y queremos disfrutarlos, los que vengan detrás que se apañen.

    Dani 19 noviembre, 2015 at 8:08 am

    Muy interesante tu aportación, Guillén.

    Es cierto muchas cosas de las que dices, como que el planeta tirará para adelante a pesar de lo que nos pueda ocurrir a nosotros como especie. Eso es más que evidente, aunque no es menos cierto que el impacto que hemos generado sobre él durante siglos es una mínima parte del que estamos generando en los últimos años, con todo el tema de los combustibles fósiles y la mentalidad de consumo masivo que implica el capitalismo. Parece evidente que el agujero de la capa de ozono tiene mucho más impacto que la desaparición de una variedad de mosquito en un país asiático.

    Sin embargo, no puedo estar de acuerdo en que la economía y la ecología utilizan lenguajes distintos, y están condenadas a no entenderse. Es cierto que hoy en día las posturas están distantes, pero por naturaleza la ecología es (y será) lo que en economía consideramos un “mal necesario”. Es decir, algo que molesta e impide la generación de más beneficios, pero que necesito para convivir. Esto implica, necesariamente, un acoplamiento de la economía a las leyes de la naturaleza. Hacer la ecología rentable es un deber de todos los agentes económicos (individuos, empresas, estados y demás agentes sociales) si queremos dejar a nuestros hijos una herencia que suponga algo más que hipotecas sin pagar o sistemas de bienestar insostenibles.

    Si ni tan si quiera somos capaces de lograr eso, como sociedad, debemos reducirlo todo a que “estamos aquí unos 80 años y queremos disfrutarlos, los que vengan detrás que se apañen”, algo que no parece muy lógico para un tal Homo Sapiens.

    Gracias, como siempre, por leer el post y por aportaciones tan interesantes!!!

    P.D.- Echada toda esta parrafada, yo pienso que cuando el agujero de la capa de ozono tenga tanto impacto que no podamos habitar tan si quiera el planeta, habremos desarrollado capacidades técnicas para fabricar ozono. Otra cosa es el impacto que tendrá esto sobre la vida humana

Guillen 19 noviembre, 2015 at 8:21 am

Pues te aconsejo que vayas a la próxima reunión sobre cambio climático y les digas cómo ecología y economía pueden entenderse, de momento no hay manera! 😛 Yo entiendo la base ética de tu argumento, pero no tiene una base racional. Es decir, hasta ahora ecología y economía hablan idiomas diferentes. Se ha intentado traducir un idioma ecológico a un idioma económico (algo apuntas en tu post), pero las traducciones no funcionan. Y sí, será por egoísmo, pero una inmensa, inmensa mayoría de la población antepone la economía a la ecología. Coge tan solo lo que pasó en Madrid la semana pasada con las restricciones. Ahora elévalo a la enésima potencia que supondría cambiar el foco social de la economía a la ecología. No, siento ser pesimista, pero no ha funcionado y no funcionará hasta que estemos muy al límite.

Y una de las razones, por cierto, es tu posdata. Sea por limpiar la conciencia personal o porque realmente se piensa, la fe ciega en la innovación, la tecnología y la pericia humana hace que no frenemos. Siempre, siempre queda el argumento de “ya inventaremos algo”. Mientras tanto, asumimos como daños colaterales razonables la destrucción actual del medio ambiente y la pérdida directa de vidas humanas porque entendemos que nos sale rentable.

Por cierto, por puntualizar: el agujero de la capa de ozono no es en estos momentos un problema relevante y está en vías de solución. El cambio climático tiene otras causas y es bastante más complicado de gestionar porque solucionarlo de verdad implica necesariamente, al menos aquí y ahora, una recesión económica prolongada. Y no me refería a especies concretas, la pérdida de biodiversidad por destrucción de hábitat (principalmente) es algo que afecta al sistema ecológico en todos sus aspectos. Todo está relacionado: la tala excesiva de árboles en el Amazonas no solo estrecha el cerco de muchas especies, sino que afecta al calentamiento global.

    Dani 19 noviembre, 2015 at 8:51 am

    Créeme que si tuviera la fórmula para que ecología y economía hablen el mismo lenguaje no estaría escribiendo en este blog si no forrándome en consejos asesores a nivel mundial, conferencias y laboratorios de investigación!!! Je je je

    Evidentemente, no es un tema fácil. Estamos de acuerdo en que hoy en día no se ha logrado y, además, las expectativas de que se logre son más bien bajas. Sin embargo, intento ser optimista con este tema, por la salud de las futuras generaciones. Me cuesta pensar que la especie humana es tan miope como para no “casar” dos temas que, teóricamente, están condenados a entenderse. Hasta ahora, desde luego, lo estamos siendo.

    Desde mi humilde punto de vista (y estoy lejos de ser un experto en este tema), creo que avanzar en temas ecológicos pasa por algo parecido a la “teoría del long-tail”. Es decir, la suma de pequeñas actividades que suponen pequeños avances en el cuidado del medio ambiente. Lo que tengo claro es que nunca (nunca) vendrá de la mano de mandatos de Gobiernos y/o instituciones supranacionales. Los agentes llevarán a cabo actividades menos nocivas para el medio ambiente sólo cuando tengan interés real en hacerlo. Y estamos de acuerdo en que el interés viene por la parte económica que por pura filantropía. Ningún Gobierno obliga a los madrileños a coger el coche todos los días para ir a trabajar, por lo que no debería oglibar a no cogerlo. Las decisiones óptimas son las que tomamos de forma individual, motivados por una sociedad que nos reporta beneficios claros y tangibles.

    Solamente dos apuntes más con respecto a tu comentario: 1) No sé si es necesaria una recesión global prolongada para cuidar más el medio ambiente, o precisamente necesitamos avances tecnológicos cualitativos que supongan un mayor cuidado de los ecosistemas y, por tanto, una nueva etapa de crecimiento económico. No tengo clara la relación causa-efecto. 2) Resulta evidente que confiamos demasiado en nosotros mismos. El “ya inventaremos algo” es una excusa para irse a la cama tranquilos cada día porque parece que los problemas se alejan de ti; coincido contigo en que muchas veces la consecuencia de esa mentalidad es actuar como si no existieran consecuencnias de nuestros actos.

    Repito, esto es solamente mi opinión

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