lunes, mayo 20, 2019

 

La OCDE –y ahora también el BCE– ya ha hecho público lo que todo el mundo pensaba: la desaceleración en Europa se agrava y el viejo continente será uno de los frenos más importantes para el crecimiento mundial en 2019. La rebaja en las estimaciones de crecimiento es contundente. En sólo cuatro meses la capacidad de crecimiento de la economía europea se ha deteriorado en ocho décimas. La peor evolución desde 2009.

La economía europea crecerá, en el mejor de los escenarios, al 1% en 2019. Y esto, siempre que se produzca un Brexit blando –recuerden que a menos de un mes para que Reino Unido salga, seguimos sin acuerdo– y no haya sorpresas a la baja. O, lo que es lo mismo, estamos condenados al estancamiento económico. La japonización de Europa está en marcha y la defensa del estado de bienestar, el mayor estandarte del viejo continente, será la clave para construir una zona económica próspera o, por el contrario, condenarnos a un socialismo estéril en el que las libertades brillen por su ausencia.

En medio de una desaceleración sin visos de solucionarse, se producirán las elecciones al Parlamento europeo, coincidiendo con las municipales y autonómicas. Y lo cierto es que son unos comicios muy relevantes para el porvenir del país. Durante los próximos años no sólo habrá que lidiar con una desaceleración que podría convertirse en recesión –si sigue mal gestionada–, y algo muy relevante que debemos tener en cuenta a la hora de votar: el marco presupuestario de la Unión Europea.

La negociación del marco presupuestario se produce por períodos de seis años. El último fue aprobado para el período 2014-2020. O, lo que es lo mismo, los responsables políticos elegidos en democracia tendrán la responsabilidad de dar a conocer el presupuesto para una Unión Europea capaz de prosperar hasta 2027. El reto no es menor. Estamos hablando de convertir una Europa momificada y burocratizada hasta los límites del estancamiento económico en la región próspera que tradicionalmente ha sido. Para lograrlo, el marco presupuestario aprobado tendrá un papel principal.

Durante los últimos años, el 74% del presupuesto público –1 billón de euros acumulados para los seis años– se ha ido en políticas de notable éxito –modo irónico ON– como la PAC o las políticas de cohesión territorial en Europa. En total, casi 800.000 millones de euros destinados a generar desincentivos a la innovación en un sector estratégico como es el agrario, a levantar barreras no arancelarias para el sector exterior o a construir un sinfín de infraestructuras vacías –carreteras, aeropuertos, etc.–, cuyo principal efecto ha sido el endeudamiento improductivo.

Para el período 2021-2027 tenemos que esperar dos cambios fundamentales:

  • En primer lugar, Reino Unido abandonará la Unión Europea. Veremos de qué manera, pero el segundo contribuyente neto al presupuesto comunitario sale de las instituciones comunitarias.
  • Y, por otra parte, la previsión de gastos es al alza. Los macroplanes de estímulo fiscal ya comienzan a sonar en los mentideros europeos. Lo que tradicionalmente han sido inyecciones masivas de recursos con cargo a deuda ahora le pondrán el adjetivo «verde» y seguirán pretendiendo sablear su bolsillo y el mío, además de aplanar aún más el encefalograma que refleja la economía europea. Macron ya ha escrito una carta a sus socios europeos hablando de «defensa de industrias estratégicas«, de «preferencia europea» y de crear un Banco Europeo del clima para financiar la transición ecológica.

El significado de estas frases tan grandilocuentes es el mismo que el Plan E de Zapatero, el Plan Juncker o los innumerables planes de estímulo europeos: más proteccionismo, más impuestos, más deuda, menos innovación y menos prosperidad. ¿O es que acaso hemos olvidado que la gran recesión en Europa se produjo en 2012 como consecuencia de los macro programas de estímulo permitidos desde la burocracia europea a nivel nacional?

La colección de impuestos verdes, amarillos, grises y del arco iris va a ser estudiada en los manuales de economía como una política fallida que nunca deberá repetirse. La Tasa Google no es un invento del gobierno socialista, es un adelanto de lo que en Europa se va a implantar si los planes siguen adelante. Y, como ella, el sinfín de impuestos medioambientales que ya han encendido la llama de la desaceleración en Alemania.

Europa corre el riesgo de seguir emitiendo falsas promesas y de sacar a los ciudadanos más vulnerables del sistema. ¿Cómo? Asegurando una protección, a cambio de libertad, que nunca se podrá conceder. ¿O es que acaso seguimos sin tener claro que los sistemas de pensiones de reparto son insostenibles en economías sin crecimiento de la productividad? La losa de la deuda ya se está comiendo el crecimiento de la mayor parte de economías europeas y seguimos acudiendo a papá Estado a que nos solucione un problema que ha creado él. La panorámica es desoladora.

Y entonces, aparecen los Parlamentos ingobernables, la inestabilidad política y la celebración de elecciones cada dos años –a lo sumo–. Y, con ella, los populismos, los nacionalismos y la fractura de Europa. Ahí tienen el ejemplo italianolean –, el Brexit o lo que nos espera en nuestro país, tanto en las elecciones generales como en las autonómicas y municipales.

¿Hay solución? Claro. Pero pasa por el bisturí y la cirugía fina en una Europa que ha vivido en un mar de desincentivos durante las últimas décadas. La Unión Europea no es una zona económica óptima. Nació con deficiencias, pero la ausencia de unión bancaria y/o fiscal, por sí mismas, no están entre ellas. Si queremos avanzar en la definición de políticas fiscales comunes o en la puesta en mercado de instrumentos financieros que diseminen el riesgo, tenemos que minimizar el impacto sobre las economías más saludables. ¿Cómo? Bajo el principio de responsabilidad estatal individual.

O, lo que es lo mismo, volver al Tratado de Maastricht, establecer condiciones severas y comunes para la pertenencia a la Unión Europea, así como mecanismos de salida -no sanciones económicas- para los países incumplidores. Federalismo y soberanía nacional, en un marco común, frente a un modelo de compartición del riesgo en el que todos pagamos y nadie asume responsabilidades.

Condicionalidad, responsabilidad estatal y apertura real de mercados internacionales. Todo lo que salga de ahí nos condena al fracaso. La Unión Europea es un marco institucional necesario para que países como el nuestro puedan competir en los mercados internacionales con potencias como Estados Unidos o China. Pero no esta Unión Europea. Si seguimos sin tomarnos en serio las próximas elecciones europeas, la moneda única estará seriamente amenazada.

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