lunes, agosto 20, 2018

 

 

Hace unas semanas Argentina tuvo que acudir al FMI a solicitar ayuda financiera. La petición, que aún no tiene acuerdo final, parece que va a oscilar entre los 20.000 y los 30.000 millones de dólares. Mientras, las monedas de economías emergentes como la lira turca, el real brasileño o el peso colombiano se desploman. ¿Qué está ocurriendo?

En los últimos años se ha producido una demanda elevada de bonos de países sin excesiva capacidad crediticia, como son Argentina o Turquía, descontando una serie de reformas estructurales que, sencillamente, no se han producido. La razón es muy sencilla: la rentabilidad de los activos seguros (bonos de deuda estadounidense o alemana) estaba cercana a cero, e incluso en terreno negativo.

Un incentivo perverso en toda regla.

Muchos países emergentes han aprovechado el dinero barato para aumentar sus déficits por cuenta corriente y endeudarse con la excusa de que no aumentaba la carga de intereses. En paralelo, el mercado ha descontado un dólar barato y débil en el largo plazo, asumiendo mayores riesgos para encontrar mayor rentabilidad. Cuando la FED ha incrementado los tipos de interés y la economía norteamericana ha mostrado un fortalecimiento sólido, frente a las amenazas de desaceleración en Europa o Japón, el dólar se ha revalorizado, y los recursos han vuelto a mercados de menor riesgo ante un incremento de la rentabilidad. La deuda denominada en dólares ha explicado casi el 100% del crecimiento de la deuda internacional en los últimos 10 años, y ahora el viento cambia de bando.

¿De dónde han salido todos esos recursos que han vuelto a Estados Unidos? De los países con más desequilibrios: Argentina, Turquía, Brasil y Colombia. ¿Qué tienen en común? Elevados niveles de endeudamiento en dólares, los denominados déficits gemelos (déficit comercial y déficit fiscal) y una elevada exposición a los dólares norteamericanos.

Ahora les queda por hacer todo lo que no han hecho en los últimos años, y con el viento en contra. Para volver a recuperar la fortaleza de sus monedas tienen que exportar productos y servicios de valor añadido, algo complicado cuando estamos ante economías con la mayor parte de su tejido productivo privado bajo un régimen de nacionalización, cubierta o encubierta.

Esta no es una dinámica nueva. Es lo que algunos autores llaman la “parada en seco”, y ya ocurrió en la crisis de 2008. Con la economía mundial inundada de dinero barato y deuda (pública y privada), con un modelo de el riesgo real disfrazado bajo valoraciones y rentabilidades ficticias por estar soportadas por entes públicos, saber quién será el siguiente es difícil de predecir.

La principal vía de contagio para Estados Unidos pasa por una posible oleada de impagos provenientes de los países latinoamericanos. La economía norteamericana sigue mostrando síntomas de solidez, que se espera que continúen en los próximos años gracias a la reducción de desequilibrios exteriores y a una reforma fiscal que devuelve los recursos a los agentes reales. Sin embargo, un período prolongado de petróleo caro junto con una oleada de impagos emergentes podría hacer cambiar el escenario macroeconómico en el medio plazo.

La exposición de Europa, por su parte, es a través de las empresas que mantiene operando en los países emergentes que más dificultades están atravesando. Las empresas radicadas en países como España podrían comenzar a tener problemas en el corto plazo, ante la más que probable contracción de la economía doméstica en los países latinoamericanos. Ahora que los vientos de cola se acaban, los indicadores adelantados muestran síntomas evidentes de desaceleración y se ha incrementado el riesgo político por el acuerdo entre La Liga Norte y Movimiento 5 Estrellas en Italia.

La acción del BCE, que ya acumula en balance el 41% del PIB de la Eurozona en activos financieros, está resultando un fracaso a la hora de impulsar una inflación que mantiene elementos estructurales lo suficientemente relevantes como para asumir que el 3% de objetivo no se va a lograr. Mientras, escondemos riesgos debajo de la alfombra y desdibujamos las señales que los precios nos dan en unos mercados financieros que se han alejado de los fundamentales desde hace ya tiempo.

Por el momento, la situación de los emergentes está localizada en una serie de países y no existen evidencias de que haya un efecto contagio a nivel mundial. Pero, si esto llega a ocurrir, la velocidad y virulencia con la que se propague probablemente será desconocida.

Y no, no será por ausencia de regulación. Si no por un exceso de ésta.

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